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jueves, 23 de diciembre de 2010

Tras las murallas del Castillo de Albarrán



I.- SISTEMA

El proceso ha terminado después de meses. Duros días y noches enteras de difícil trabajo, de tensión extrema, de incertidumbre permanente. El azar no ha existido desde el inicio del proyecto. Todo ha sido medido y calculado con precisión milimétrica. La aleatoriedad no ha sido un grado de libertad permitido. Un equipo de ingenieros informáticos de última generación ha trabajado en la maquinaria, para evitar cualquier tipo de fallo. A los calibrados de corte se les ha permitido tolerancia cero. La exactitud debía ser impecable. Sin holguras, sin fisuras, sin cicatrices. Las temperaturas de fusión de cada metal estaban determinadas por un panel de aluminio con indicadores LED que contenía hielo seco, nitrógeno líquido, mercurio y vapor de agua a distintas temperaturas para que los moldeados fuesen sublimes.

En medio de aquella inercia deshumanizada, y sobre una célula de fabricación flexible cuyo carril principal lo componían cilindros de acero, yacía alguien desnudo, de inmaculada piel, en estado de sedación continua, que servía de maniquí extático, como medio para colocar cada una de las piezas del puzzle que componían la obra maestra que el gran diseñador llevaba a cabo. Un reto personal, de características únicas. Un método innovador y delirante que le había llevado a magnificar su dimensión como creador hasta límites tan infinitos como terroríficos.

Se trataba de un humano de proporciones corporales perfectas a quien se había mantenido en un estado físico imperturbable, inalterable, gracias a un conjunto de maquinaria de vida artificial, y que había sometido a varias operaciones quirúrgicas para modificar, entre otros, el comportamiento de sus glándulas, de sus órganos vitales, de sus poros y para extirparle parte de la amígdala cerebral para no tener miedo. No tenía que tener miedo porque, aun sedado, había momentos en los que despertaba. Era necesario comprobar si ciertos movimientos articulares eran o no compatibles con el tesoro en producción, en forma de armadura. Lo mismo que en la primera prueba de una blusa de crêpe, la modelo flexiona el brazo para tomar la medida correcta del largo de la manga y comprobar si la sisa hace frunces.

Se mantuvo al ser vivo en un estado de semiconsciencia: despertaba y dormía. No ingería alimentos ni bebía. Era únicamente alimentado por un catéter endovenoso introducido a la altura de su sien derecha. Tampoco defecaba ni orinaba. Su boca, uretra y esfínter estaban cosidos. Bordados con hilo de estaño en una filigrana ornamental a modo de encaje de chantilly.

El trabajo ha terminado. Una camilla automatizada traslada al cuerpo fastuosamente vestido a una gran jaula de bronce.

II.- DESPERTAR

Abres los ojos aturdido en el interior de un dédalo de paredes frías de hormigón, en el centro de un habitáculo de superficie circular, encerrado entre rejas, sentado, con las piernas y los brazos abiertos, como una muñeca, en el suelo de cemento de una ergástula oxidada. Percibes una sensación rara que no sabes describir. Inquietud. No sabes cómo salir. Y, lo que más te perturba, es que tampoco sabes cómo has llegado ni quién te llevó hasta allí.

Lo último que recuerdas es un castillo, en lo alto de un acantilado de la isla de Annenkov, de cuyo perfil irrumpía, con fuerza, una torre neogótica de mármol y piedra caliza. A tu alrededor todo está oscuro. Solo hay, colocado sobre un trípode, un cañón de luz que te enfoca la cara y te ciega. Y ves agudos reflejos brillantes que salen de tu cuerpo. Intentas mirarte a ti mismo, pero apenas puedes moverte. Estás cubierto por una armadura articulada pegada a tu piel desnuda, herida, sin la protección de un velmez que suavice el contacto con el frío metal. Intuyes, dentro de tu aturdimiento, que necesitas ayuda pero no puedes decir nada porque, además de la boca cosida, tu mandíbula está sujeta con una aplicación de espléndida plata pulida tensada a tu nuca con cintas de cuero trabajado con gubia.

Daría igual que fueras mudo. Solo puedes observar y respirar, como un insecto atrapado en una tela de araña que percibe las vibraciones de tu ritmo cardíaco y que en cualquier momento podría acercarse para nutrirse con tu sangre. Quieres mirar alrededor, pero tu cráneo no rota. Un soberbio casco de bronce repujado y adornado con un par de hileras de plumas de corneja mantiene tu cuello inmóvil, mirando al frente. Mueves los ojos con desesperación como si, durante la fase REM del sueño, te hubiesen arrancado los párpados para obligarte a permanecer en una vigilia permanente. Escudriñas a izquierda y derecha, arriba y abajo. Y ves, instalada en la pared cóncava, a media altura, una cámara grabadora televigilante. Alguien te observa desde algún lugar.

III.-MANUEL

Recostado en un Chesterfield de cuero negro y asiento abotonado, con un cigarro mentolado en los labios y acariciando un hermoso galgo afgano tumbado a sus pies, sobre sus zapatos de cocodrilo, Manuel Albarrán exhala humo lentamente. Forma, a su alrededor, una liviana nube blanca, como una fina gasa que asciende y desaparece en la oscuridad del techo mientras observa, con interés, en la serie de monitores gigantes Liebermann, su última gran creación enjaulada en el laberinto del húmedo sótano del castillo. Una obra maestra de metal.

Por fin, después de tanto esfuerzo, la teledirección desde el laboratorio da unos frutos que ni él mismo espera. Es la primera vez que sus manos no tocan el metal, que no lo moldean, que no lo sienten. Nunca antes había experimentado la sensación de evitar cualquier contacto con modelo y material, solo por placer y por orgullo.

Justo encima de laberinto, se ubica la capilla del castillo. Tiene forma semicircular y está adornada por un fresco gigante que representa la escena del Juicio Final en la que San Bartolomé sostiene una piel desollada. En el altar, en lugar de una Virgen o un Cristo, se halla, en posición decadente, con las caderas y los hombros adelantados y una mano descansando en la cadera, como una modelo posando, un maniquí de cera, desprovisto de ojos, casi desnudo, ataviado con un yelmo, unas hombreras, un guardabrazo y una manopla de alpaca, asiendo un mandoble de oro y vestida únicamente con un corset de delicado encaje de Brujas con finas varillas de madera a la vista rematadas con festones de hilo de seda.

Albarrán cambia de postura, desabotona su chaqueta gris de raya diplomática, se sienta y apoya los codos sobre la mesa de caoba, arrugando algunos bocetos trazados en láminas de papel vegetal y derramando parte del contenido de un vaso ancho con Talisker 18 y hielo. Y mira más de cerca la imagen –que queda pixelada- en la pantalla gigante, como queriendo absorber el orgullo plasmado en la gran obra de alta costura y orfebrería que sus manos han creado. Mucho tiempo de sangre, sudor y lágrimas. De soledad. Y un impactante resultado.

Albarrán se frota las manos y comienza a pulsar un panel de control táctil. Entonces, el sótano comienza a salir de la oscuridad. Y en el techo abovedado se encienden, a intervalos exactos, uno detrás de otro, potentes focos de luz teñida con filtros de gelatina de color rojo. Así hasta completar veinte puntos de perturbadora incandescencia que dibujan en el techo finas líneas rojizas diametralmente opuestas, como una retícula de haces de rayos láser que reviste la bóveda, y parece querer cortarla. La armadura viviente cree sudar a pesar del frio, y su piel parece pegarse cada vez más a las elaboradas prótesis y se pregunta qué va a pasar ahora. Ve conectado a su cabeza un tubo unido a una bolsa de suero con sulfato de morfina que cuelga de una de las rejas de la jaula. Pero la bolsa está vacía. Y comienza a sentir dolor.

IV.-JAVIER

Y comienza a recordar. Se habían conocido en una fiesta en la Dulwich Picture Gallery de Londres, con motivo de una exposición de moda en la que se mostraban piezas de Manuel. Él se había acercado al artista a expresarle su admiración y Manuel, solícito, le propuso trabajar con él para bocetar unas piezas especialmente complicadas que tenía en mente. Su estructura atlética serviría perfectamente como “molde” sobre el que proyectar sus ideas. Desde el primer instante, Javier se sometió a la doctrina impuesta por Manuel. Y aprendió su rol, rendido, obediente bajo el dominio del Gran Maestro, que jugaba con su cuerpo y retorcía su esqueleto conformando piezas y más piezas de una majestuosa composición metálica. Paulatinamente, Javier fue abandonándose a los efluvios de la morfina, que alteró su estado mental, disminuyó su nivel de conciencia e hizo que perdiera todo su apetito y sus fuerzas. Él mismo había querido ser ese modelo articulado de proporciones perfectas que vistiera, terminada, esa gran obra de arte.

V.-EL SHOW

Albarrán habló por el sistema de audio. Javier oía pero no tenía voluntad. Como una marioneta, y a través de los joysticks del panel de control, las piezas, unidas a hilos de cobre para bobinado que descendían de lo alto, Manuel fue jugando con la figura: subiendo y bajando las manos, los codos, los tobillos, la cadera. Emulando poses diversas, a cada cual más decadente, más teatral. Más perversa. El sulfato de morfina se había acabado. Y el cuerpo dolía cada vez más. Con cada pequeño ángulo de giro de la armadura, un grito se ahogaba en las entrañas de Javier. Barbilla pegada al hombro derecho, en posición tres cuartos, mano derecha apoyada en la cadera, codo ligeramente atrasado. El otro brazo colgando. Las piernas rectas. La espalda ligeramente encorvada. La foto perfecta. Medio grado más de giro en el cuello. Dolor. Medio grado más y será perfecto. Dolor. Otro grado más de giro y alcanzará la majestuosidad. Cuello roto. Ojos vidriosos. Mirada perdida. Muerte. Apoteosis. Sonrisa. Ceniza que cae de puro. Aplauso.

Dedicado con todo mi cariño a Manuel Albarrán

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