Una zarina rusa tocada con tiaras Bvlgari.Una cowgirl Cavalli abandonada al galope.
Una tentación con olor a OPIUM exhibida en un peep show.
Una efigie desnuda, cubierta por marroquinería Longchamp.
Una rubia californiana adicta a los animal-prints de Dolce&Gabbana.
Una sudorosa y engrasada fashionista entregada al lesbian-chic de Galliano.
Una actriz del cine negro de los ´50 acusada de asesinato, para Dior
Una burguesa grosera y despeinada, envuelta en marabús de Valentino.
Cuando decidí decorar el baño con portadas de revistas de moda enmarcadas en negro: desde Vogue Italia hasta V magazine, se me pasó por la cabeza hacer un monográfico de Kate Moss. E hice una encuesta. Las respuestas que obtuve fueron de toda índole y pelaje: desde que la gente podía interpretar que estaba padeciendo una especie de psicosis "keitmosiana" a que "empapelar el baño de Katies no era nada chic (¿chic?) o justo lo contrario: qué idea tan maravillosa.
Nunca haría un monográfico de Karens, Lindas, Claudias o Naomis, porque me parecerían repetidas. Kate, sin embargo, se metamorfosea como un camaleón, según se dice en el libro de Salmon, no es una modelo, sino una actriz. La mayor intérprete del fashion system. La mejor representante de la versatilidad, de la conversión, de la pose, del encanto de la imperfección, del destierro del estereotipo. Kate Moss es, como decía Arthur Rimbaud que hay que ser... "absolutamente moderno".






