En plenas fiestas de Bilbao (hoy, justamente, el ecuador), me apetece hacer una reflexión sobre la fiesta en sí. No sobre las fiestas de Bilbao, sino sobre LA FIESTA.
Esta mañana, a las 07:00 me he puesto en pie, siguiendo el ritual de todas las mañanas. Primero viene la ducha, luego la sesión de cuidados matinales, una media hora más o menos si toca afeitado (hoy, tocaba). Por más que lo intento, no consigo acelerar el proceso restaurador, y no voy a culpar a “los estragos de la edad” , es pura coquetería. Aún medio desnudo y con el pelo mojado, toca desayunar: un zumo de dos naranjas y un limón con un chorrito de sirope de arándanos y un poquito de hierbabuena picada, un par de rodajas de melón y, una o dos veces por semana, como capricho, un cruasán a la plancha con mermelada de frutos rojos. Luego toca volver al baño para terminar secándome y atusándome el pelo, perfumarme un poquito, vestirme y listo.
El caso es que estos días me encuentro con mucha chavalería “gaupasera” [Gaupasa: pasar la noche despierto, en general, de juerga, aunque puede ser por otra causa. Término utilizado en Euskadi. Proviene de Gau=noche y Pasa=pasar], que deambula por la calle a plena luz (7 y media de la mañana) más o menos perjudicada por los estragos del discurrir de la noche. Algunos con más dignidad llevan la borrachera (o el colocón) de forma, aparentemente, más disimulada, actuando para sí mismos en una función teatral cuyo único objetivo es mantener el equilibrio y caminar siguiendo una línea recta, sin conseguir el aplauso.
Hoy, antes de tomarme mi café sólo largo con sacarina en la cafetería Lepanto, para calentar el estómago, cruzando la calle Alameda de Urquijo, me he cruzado con un grupo de tres chicos, de no más de 22 años, que hablaban a voz en grito, divertidos, riendo, aún con sus vasos de plástico medio lleno en la mano diciendo “pues nos vamos al puti”. Se referían al Doña Urraca, un clásico de Bilbao cerrado a esas horas, obviamente (¡Ohhh!). Dejando a un lado el tema “puticlub” que, por otro lado, tampoco da para mucho (o, bueno, sí), se me han venido a la cabeza esas noches de fiesta que uno no quiere que terminen nunca. Porque esa pandilla de tres, lo que realmente quería era que la fiesta continuara, de una forma u otra, pero que no acabara la noche, que los comercios no abrieran las persianas, que no saliera el sol, aunque fuera sólo por un rato más.
He sentido lo mismo en muchas ocasiones, no sólo en el garito de moda de turno, sino en casa de amigos o en la nuestra, recostado en un sofá o tirado en el suelo, haciendo nada, sólo conversando, sólo brindando por la vida, o bailando sin parar y disfrutando de tenernos unos a otros. Esas noches deberían ser eternas, no tener fin. El odioso día. El odioso sol que se cuela por la ventana o al salir del discotecón, y que hace que vuelvas a un lado la cara y entornes los ojos, doloridos del humo, y de la falta de descanso (¡quién quiere descansar!). Cuando estás en buena compañía, el tiempo pasa sin darte cuenta, se escurre como el agua entre los dedos, se esfuma como el vaho y dura el tiempo de un pitillo que se fuma de forma ansiosa. Dura nada. Las mejores noches son aquellas que van in crescendo y, sobre todo, las que tienen un final inesperado . Quedas para tomar un café a las 6 de la tarde y, de repente, son las 6 de la mañana. Y el tiempo, como decía, se ha escapado por algún sitio, alguien ha cambiado la hora de los relojes porque no es posible que los minutos hayan transcurrido tan rápido, no es posible que tú y yo, que habíamos quedado para tomar “un digestivo”, como dice mi amigo Jon, hayamos estado hablando doce horas de lo humano y lo divino, de probablemente muchas cosas trascendentales y de otras sin ningún fundamento.
Lo que sí es seguro es que siempre te vas con una confesión del otro que guardar. Porque el tête à tête hace que las verdades se animen a verbalizarse y que algunos secretos que no deberían salir de su escondrijo, se cuelen para volver a ser guardados con la lleve del “esto que quede entre nosotros”. Pero así es la vida, y así son las noches de fiesta, pero no todas, sólo esas que no quieres que terminen. Esas por la que alternarías los días y harías que la oscuridad continuara otras doce horas. O muchas más.