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martes, 1 de noviembre de 2011

Luis Jaume.









Algunas de las incomprensiones que se han ido produciendo conforme la fotografía iba arrebatando a la pintura ese trono estático, sempiterno, que le ha servido de escenario para reinar en el panorama artístico por los siglos de los siglos, han sido ocasionadas por múltiples debates y razonamientos defendidos en unos terrenos en los que las intervenciones comparativas “pintura-foto” no son, seguro, las más apropiadas.


La inexorable globalización no sirve para cotejar disciplinas como si fueran documentos burocráticos, porque las piezas del conjunto no tienen coherencia, de modo que su estudio no lleva a conseguir buenos resultados. Puede ser enriquecedora, tal vez, la construcción de árboles de conocimiento que den sombra a una misma doctrina, sobre un sustrato bienintencionado y abonado por argumentos que no sean pobres ni inciertos. Ya habrá tiempo, después, de hacer comparativas entre corrientes distintas. Porque la inspiración, la técnica, la manipulación de los útiles, el manifiesto o -lo más importante- la coherencia de un trabajo, son agentes comunes a cualquier proceso creativo, sea el que sea. Y, por eso, merecen el mismo trato.

Los dos párrafos anteriores no son, en absoluto, una defensa de la fotografía frente a la pintura -sería una osadía por mi parte-, pero sí un apunte que invita a reflexionar acerca de la ligereza con que se mezclan dialécticas al hablar del arte como generalidad, y de la utilización de aporías absurdas que no hacen sino echar piedras sobre un tejado común, el mismo que cubre al delicado tejido del arte que yo quiero ver.




Y, por fin, paso a hablar de Luis Jaume, el protagonista de este texto, que me ha hecho discurrir, con cierta frustración, un debate monologante acerca los ecos que vibran descontrolados al conocer y estudiar su obra. Una propuesta que se enfrenta, invasora y poderosa a mucha de la fotografía contemporánea por su absoluta plasticidad y su particular entender del modelado en el contenido. 
 
El artista reconstruye, en un alarde de proeza estilística nada común, universos repletos de elementos latentes, casi vivos, que, remezclados, agregados, sobrepuestos o diseccionados convierten las partes en un todo alejado de una única declaración. Y desglosa, progresivamente, una sucesión de infinitos significados que pueden ser regenerados una y otra vez, cuando se fija la vista en el detalle. Conceptos como la muerte, la religión o el sexo pasan a conformar un mundo distinto al nexo que los unía en su origen. Porque, como decía Heidegger: “El origen no está detrás de nosotros, está delante de nosotros”.


Luis Jaume no entiende de azares y las amalgamas conceptuales con las que recrea sus escenarios hacen de cada una de sus obras un mapamundi imaginario cuyas infinitas travesías invita al espectador a recorrer. Pero el artista no promete un destino final, ni siquiera un itinerario determinado porque las reflexiones que cada cual engendre en su viaje, serán interpretadas en mil modalidades y bifurcarán la mente en dos caminos, ése que tiende a la realidad visible y patente de lo fotografiado y otro que gira más en torno a la escena subyacente que le da vida.

Auténtico en su hacer, fiel a su lógica y valeroso en su postura, el arte de Luis Jaume nos muestra, nada pretencioso, que la estupefacción que provocan los elementos más rutinarios recompuestos y adaptados por sus manos, dentro de la teatralidad no tan alejada de lo cotidiano y circunscrita a un espacio de acotadas dimensiones, es capaz de encaminarnos a una maravillosa multirrespuesta nada convencional y desprovista de absurdas ínfulas.







1 comentario:

  1. TOTAL...La crítica està genial me ayuda a profundizar y entender mucho màs tu obra,/ es como si me imaginara constantemente la escena del passado y el futuro de cada instante fotografico.

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