Imagina que tu piel muta, y que deja al descubierto sus raices más profundas y la carne viva. Piensa en la involución de la especie, en el reverso del destino. Y en esa batalla diaria, caótica, errática e impredecible. Intenta conjugar tu yo más consciente con la inconsciencia vital. Piensa que eres un ser frágil, desposeído de su armadura, y del velmez que evita las heridas pero que, sin remedio, tiene que enfrentarse a los engranajes de la sociedad y al poder de las jerarquías. Con otros yo, con otros roles. Eres tú, pero la estructura de tu pensamiento debe adaptarse. El tribalismo frente al stablishment. Frente a frente. A fronte praecipitium a tergo lupi.

Decía Alphonse de Lamartine que la casualidad nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir. Sucede, muchas veces, que el azar te aproxima a personas o elementos que nunca imaginarías formaran parte de tu espectro de acción. Recuerdo una época en la que la expansión de todo lo relacionado con “lo virtual”, creó una especie de alarma social que constituyó un interesante fenómeno sociológico de temática simple -la evolución relacional entre los individuos- y corolario indefinido.
Hoy, con la Web 3.0 encarrilada y una meteórica evolución tecnológica que, según postulan los expertos, se frenará de forma tan brusca como epatante, asistimos a un nuevo modelo de comunicación que en absoluto se corresponde con las predicciones que nos convertían en seres huraños pegados a una máquina. De hecho, fenómenos como el “faceboom”, que muchos ya dan por muerto, ha posibilitado la interacción entre personas con una estructura similar al de los sistemas de redes neuronales. El caso es que el –aparentemente absurdo- binomio {casualidad-tecnología}, ha ido constituyendo a fortiori una masa invisible en la que se fusiona una población de interesantes individuos, ya sea por sus pensamientos, creencias, discursos u oficios.
Javier S. Lara es una de esas personas a las que el azar me acercó un buen día de un modo casi tan simple como natural. Querencias, simpatías, gustos, aspiraciones e inspiraciones comunes han hecho que, en un pispás, forme parte de esos satélites importantes que alumbran mi universo particular y con cuya rotación alrededor de mi vida, hacen posible un crecimiento personal que asumo gustoso, inquieto y con cierta ansia. Su vehemencia, dedicación y su pasión por el diseño, la decoración, la moda y el amplísimo mundo de la creatividad, han construido a un Javier de competencias infinitas.
Cuando conocí su trabajo y, más tarde, cuando tuve el privilegio de que me mostrara una parte más amplia y personal del mismo, me vino a la cabeza una retahíla sinfín de palabras y tantas escenas, tantos conceptos, tantas ideas, que era incapaz de dar abasto con los términos. Y esto es lo más interesante de su obra, el que de lugar a debate, a múltiples interpretaciones, a juegos conversacionales, a transgredir lo que el artista impone e incluso aportar al artista intenciones o conceptos que aparecen sin previo aviso, pero que se amoldan de forma amiga.

Javier juega con las luces, con las texturas, con los materiales. Opera con la disposición de los elementos, ordena las partes de su obra y las transmuta con una aprehensión esquiva para el espectador y familiar para sí mismo. Se apropia de lo que ve, lo hace suyo sin pudor. Su pose tras el objetivo es impecable y su disparo certero. Y cree que el "presente perpetuo" en el que estamos inmersos, debe tratarse con especial delicadeza para que los frutos de su trabajo, tengan una razón de ser. Es valiente.
Estudiando la obra del artista, se intuye una línea continua trazada por los pasos del individuo en diferentes espacios y por los espacios en sí mismos. En ocasiones nos hace patente con una certidumbre amenazadora y cruda la confusión, insatisfacción e indignación ante determinadas actitudes destructivas y dañinas. Javier imagina masas de magma solidificado que irrumpen en teatros urbanos con edificios de última generación. Inunda calles con el agua de unos ríos que nunca desembocarán en el mar. El sentido del agua cuando se cuela por el sumidero se invierte en los hemisferios. La tragedia se avecina, la tectónica se acelera.
En ocasiones abandona el terreno de la confusión, la perplejidad e incluso el enfado para engrandecer el medio, el sistema natural, y retrata espacios que bien pudieran pertenecer a un planeta soñado y que únicamente se hacen reconocibles como terrestres por las formas humanas diminutas que los visitan, planteando formas naturales como excelencias que mimar y las solapa con la atemporalidad o el anacronismo en un ejercicio de muerte ficticia. Porque existe vida en las nubes, bajo la tierra seca, cavando en la arena, en el calor de las piedras erosionadas y en el ascenso a la cumbre de las montañas más áridas.
Podría enumerar decenas de características que hacen que la obra de Javier S. Lara sea irrepetible y diferente, pero estoy convencido de que lo que la hace especial es él mismo, su intuición, su privanza y su sensibilidad fuera de discusión.
Enhorabuena, Javier. Sigue deleitándonos con tu trabajo y haciéndonos partícipes de tus logros.
Para Javier, con todo mi cariño