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lunes, 23 de mayo de 2011

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Siete hielos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Siete hielos. El tintineo del agua helada contra el cristal de la copa remeda el rítmico sentir de dos individuos que tratan de hacer de su mundo un proverbio personal aparentemente simple, pero asombrosamente complejo. Sin mayor intención, sin especial objetivo se sientan uno frente a otro y brindan. Frente a mí, escucho con deleite un discurso vivo y me dejo adentrar en un terreno intelectual a veces desconocido narrado con una fidelidad hacia lo verdadero fuera de lo común. Disfruto de una cadencia verbal asombrosa, un gesto fino y una guapura fácil pero no obvia, sencilla de definir pero infinita al expresar. Hurgo en mi pasado doloroso e intuyo respeto. Hablo de mis querencias y mis odios y reconozco prudencia. Me interrumpe definiendo de un modo cuasi exacto mi manera de ver y sentir bajo esta carrocería que ahora está doblada con precisión en una percha, enfrente de mí, mientras escribo. Pide la segunda copa. Me sorprende al decirme que, antes de contarle esa historia, justo después de leerla, la escenificó y me eligió protagonista. Y me quedo sin palabras. Y nos vamos después de vaciar la vida. Y nos despedimos en plena Gran Vía. Y recibo un mensaje que no merezco. Y contesto de forma breve. Soy, en verdad, afortunado. Y quien bien me conoce, sabe que, detrás del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el libro que ha venido conmigo, hay un amplio margen de maniobra con el que manipular el juego, con el que categorizar las preferencias, con el que mirar el mundo. Eso sí, un único mundo. El que habita tras la soledad en forma de cubo del espacio que encierra esta vieja puerta verde que miro mientras recuerdo el tintinear de los siete hielos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.

Con todo mi cariño para A.G.S.

viernes, 20 de mayo de 2011

Una llamada inesperada y precedible.



Me estoy masturbando desnudo, sentado en el sofá, con las piernas estiradas y muy abiertas, mientras veo una película X. Ramón Nomar, mi actor porno preferido, está en la cama con dos chicas rubias. A una de ellas se la folla por detrás, a cuatro patas. Mientras, la otra se aplica en el coño de su amiga. A pesar de que sé que ninguno de los tres disfruta realmente, me gusta la escena. Estoy muy empalmado y me acaricio el abdomen y el pecho con la mano izquierda. Con la derecha no dejo de masturbarme. Suena mi teléfono móvil. Oigo lloros. “Tu padre”. “Papá”. “Papá ha muerto”. “Estaba Jesús con él”. Oigo más lloros y me doy cuenta del volumen de la televisión, justo cuando Nomar se corre y las chicas le lamen los restos del orgasmo a dúo. Pulso “mute” en el mando a distancia. “Estaba Jesús con él”, repite. “Estaba bien cuando llegó a visitarle justo antes del desayuno pero después de la inyección de morfina empezó a faltarle el aire. Jesús llamó a enfermería y vinieron los médicos de inmediato, pero a los pocos minutos murió”. “¿Qué vamos a hacer?”

Pienso cinco segundos. Digo que me encargo de los trámites en la clínica y en el tanatorio. Que tardaré una hora en llegar a la clínica. Quito la peli sin haberme corrido. Lloro un poco. No estoy triste (creo) sino aliviado (aunque no estoy seguro). Había deseado su muerte mucho tiempo. Ahora me siento culpable, pero esperaba a que este momento llegara.

Antes de colgar digo “Tranquila. Ya voy”.

Me doy una ducha rápida y me visto de negro. Salgo con el pelo mojado y oliendo a “Grey Flannel”. De camino a la clínica pienso en que tengo que hablar con el cura para fijar la fecha del funeral. Es lo primero que hago, acercarme a la parroquia y hablar con él. Y pienso que no quiero ir enlutado a esa misa. Y que no me gusta el azul marino. Y que el gris me resulta inapropiado. Y pienso en un traje de lana fría en color negro de raya diplomática muy, muy fina en tono grafito. Y lo combino mentalmente con una de mis camisas blancas de cuello estrecho. Decido que debo llevar corbata negra o pañuelo de otro color en el bolsillo de la chaqueta, pero no ambas cosas. Creo que antes de pasar por la clínica es necesario que compre el traje. El funeral será mañana por la tarde. Por la mañana tendré que estar en el tanatorio y después, presente en la incineración. No tendré tiempo de hacer nada más, así que me paso por un par de tiendas de primeras marcas y, en la segunda, me decido por un Yves Saint Laurent que no es negro, pero casi, y la raya diplomática más clara de lo que había previsto. La chaqueta es cruzada, con solapas grandes y lleva botonadura doble. El pantalón es recto, ligeramente más ancho de rodilla hacia abajo. La talla 46 me queda impecable. Compro también un par de zapatos negros con cordones, de la misma marca. Y decido en ese momento que llevaré corbata. Quiero estar guapo mañana. Sé que la despedida de mi padre me va a aliviar más que doler. Y, como siempre, todas las miradas estarán puestas en mí. Quedo en recoger mi compra por la tarde.

Llego a la clínica. Papá está morado y frío. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. Le beso en los labios y en la frente. Y me despido de él rezando un par de Avemarías. Voy al tanatorio. Viene gente. Mucha gente. Y ya tarde, espero a quedarme solo y darle mi último adiós en silencio tras el cristal. Me voy de allí y, cuando vuelvo, ya por la mañana, asisto a la incineración. Recojo sus cenizas, aún calientes. Cojo mi coche y voy a la playa. De camino a la orilla, descalzo, pienso en él. Tiro las cenizas al mar. No lloro. Solo pienso en que tengo que dormir una siesta para recibir a los invitados al funeral con mi mejor cara e impecablemente vestido.

Porque por dentro estoy podrido. Podrido. Podrido.

jueves, 19 de mayo de 2011

El edificio Oregón.



La majestuosidad del mar vista desde el piso 22 es explosiva. Apoyado en la barandilla de aluminio gris, miro a un horizonte que no llego a distinguir de forma clara. La negrura de la noche y del agua se confunden salvo por la luna llena. Una esfera estática en el cielo y un reflejo tembloroso y destellante sobre la superficie del agua. La brisa es cálida y acaricia mi flequillo, sin despeinarlo. Cierro los ojos y aspiro las notas acuáticas que trae el mar consigo y distingo sus acentos salinos. Ese mar qua ahora veo negro como una balsa de petróleo, tan solo iluminado por la luna, y por cuatro puntos de luz, a lo lejos, cuatro barcos pesqueros. No puedo volver a conciliar el sueño. Me ha despertado una de mis pesadillas recurrentes.

Salgo de una casa cuya puerta principal se encuentra al borde de la autopista, entonces me tropiezo, me caigo del lado derecho y mis ojos contemplan mi cuerpo inmóvil por el pánico. Veo las ruedas de un coche aproximarse a toda velocidad. Justo antes de ser aplastado, me despierto. Desde niño, prácticamente a diario, en uno u otro momento de la noche, yo atravieso esa puerta, y me caigo, y antes de que mis sesos se esparzan en la grava del asfalto, el sueño termina y me despierto aterrorizado.

La fragancia del mar se desvela sin pudor, cada vez más obscena, delante de mí y, desde el piso 22 del bloque Oregón, aquí, con los ojos cerrados, pienso en el funeral de esta tarde y en la capilla presidida por el féretro de Ana. Ayer ella cerró los ojos para siempre. “Muerte súbita. No hemos podido hacer nada”. Dos escuetas frases del equipo de médicos que atendió la urgencia. Pregunté qué tenía que hacer. Me dijeron que descansar. Los valium hicieron su efecto y, aunque no consiguieron acallar mi tristeza, sí mis nervios.

Miro de nuevo al mar, a ese horizonte que no veo, y me pregunto si algún día alcanzaré a ver qué me espera en la lejanía, en esa línea que se esconde. Y miro abajo. Desde la altura, el vértigo hace que las palmeras y los setos perfectamente cuidados de los jardines se vuelvan enemigos contra los que luchar. O a los que unirse. Porque mis fuerzas ahora son pocas para enfrentarme a nada. Pasa por mi cabeza ese sueño recurrente y me veo a mí mismo allí abajo, tumbado del lado derecho, esta vez en un asfalto tapizado de hierba verde y fresca.

Adelanto mi cuerpo, apoyo la cintura en la barandilla de aluminio gris y flexiono la espalda hasta formar un ángulo de 90 grados. Estoy tranquilo. Y no tengo miedo. Escucho el rumor de las olas que acarician la arena y se llevan consigo la orilla, y la traen de nuevo en su interminable vaivén. Y creo que es un buen momento para desaparecer. De algún lugar me llega un sutil aroma a flores. Y me recuerda a la piel de Ana, siempre fresca, fragante. Vuelvo a erguirme. Miro al infinito. Cierro de nuevo los ojos. Levanto mi pierna derecha y apoyo el talón en la parte exterior de la baranda. El vértigo está a punto de convertirse en un asesino. Hago lo mismo con la izquierda. Ya con el cuerpo desprotegido y los brazos hacia atrás, tirantes, dejo que sea la brisa quien me de una respuesta.

Ella me dice “hazlo”. Yo le respondo “No lo sé”.

Caliza.



Julián, uno de los chicos encargado de las caballerizas, ha estado cuidando de Caliza toda la noche. Comenzó a vomitar sangre a primera hora de la mañana de la víspera. Su veterinario nos anunció hace cuatro meses que ése sería justo el tiempo que podría alargar su vida sin que la intensidad del dolor se volviera insoportable. Hoy se cumplen tres meses y medio de la fatídica noticia y el cuerpo de Caliza ya no aguanta más pinchazos. Su corazón, cada día más vago, tampoco.

Me despierto cuando amanece. He dormido poco más de dos horas. Me pongo los vaqueros con las perneras sucias del día anterior, una camisa blanca que aún huele a plancha, unos tirantes y unas botas de montar sobre calcetines de lana gruesa. Pienso en que hoy se ira, de la misma forma que llegó: dócil, en silencio, con la misma expresión de bondad pero con un cuerpo deteriorado, encogido, débil, dibujado por piel y huesos: Flaca, enferma, cadáver. Me acerco a la ventana, la abro de par en par y observo la finca. Las vides forman líneas paralelas perfectas en la tierra y los naranjos empiezan a dar unos frutos de gran tamaño. El clima estos meses ha sido perfecto. Cojo un cigarro de la pitillera y salgo de la casa fumando y cuando abro el portón de hierro veo a Julián a lo lejos, desde la entrada de las caballerizas, arrodillado junto a Caliza, cepillándole las crines con un esmero que estremece y una delicadeza que nunca habría podido adivinar.

Mis padres trajeron a Caliza a la finca cuando yo era un niño. Era una potrilla completamente blanca, salvo por un círculo irregular de color arena entorno al cuello. Relucía bajo el sol. Con los años, su blancura se fue aplacando pero siguió igual de resplandeciente. Siempre mantuvo su mirada melancólica, sus ojos negros como el petróleo y su tierno gesto de bondad.

Cautivaba por sus movimientos al caminar, al beber, al tumbarse. Por la regia postura de su cabeza al galopar, erguida, y elegante. Por el brillante ondular de sus crines y su pelaje. Pero su osamenta envejeció en muy pocos años y fue, prematuramente, un equino anciano. Le diagnosticaron, al poco de nacer, una enfermedad ósea degenerativa que la arrastró hasta el punto de no retorno de hoy.

Julián me da los buenos días, cesa su actividad y me informa de que Caliza ha pasado la noche dormitando entre quejidos. Le doy las gracias y le pido que se vaya y que me deje a solas con ella. Me siento en el suelo y le acaricio el cuello y la cabeza con mimo y abre a medias sus ojos brillantes y me mira fijamente. Paso la mano por su lomo y compruebo la irregularidad de las vértebras, prominencias que dan miedo y me hacen pensar en la anatomía podrida del animal. Relincha débilmente. Me fijo en la cantidad de marcas de las inyecciones. Apoyo la cabeza en un lateral de su vientre, escuchando los latidos de su corazón, débiles y desacompasados.

Me levanto y empiezo a llorar sin consuelo cuando voy al armario de las armas de caza a por una de las escopetas. Cargo el tambor. Beso y acaricio de nuevo la cabeza de Caliza decenas de veces en un minuto hasta agotar mi despedida. Disparo dos veces. Y suelta un débil relincho, que es más un balbuceo callado, mientras su mirada no se aparta de la mía. Dudo que me vea, pero sé que me siente. Cuando cierra sus ojos negros, dos regueros de lágrimas mojan su adiós. Recojo el agua con mis dedos y, como si fuera agua bendita, me hago la señal de la cruz.