Siete hielos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Siete hielos. El tintineo del agua helada contra el cristal de la copa remeda el rítmico sentir de dos individuos que tratan de hacer de su mundo un proverbio personal aparentemente simple, pero asombrosamente complejo. Sin mayor intención, sin especial objetivo se sientan uno frente a otro y brindan. Frente a mí, escucho con deleite un discurso vivo y me dejo adentrar en un terreno intelectual a veces desconocido narrado con una fidelidad hacia lo verdadero fuera de lo común. Disfruto de una cadencia verbal asombrosa, un gesto fino y una guapura fácil pero no obvia, sencilla de definir pero infinita al expresar. Hurgo en mi pasado doloroso e intuyo respeto. Hablo de mis querencias y mis odios y reconozco prudencia. Me interrumpe definiendo de un modo cuasi exacto mi manera de ver y sentir bajo esta carrocería que ahora está doblada con precisión en una percha, enfrente de mí, mientras escribo. Pide la segunda copa. Me sorprende al decirme que, antes de contarle esa historia, justo después de leerla, la escenificó y me eligió protagonista. Y me quedo sin palabras. Y nos vamos después de vaciar la vida. Y nos despedimos en plena Gran Vía. Y recibo un mensaje que no merezco. Y contesto de forma breve. Soy, en verdad, afortunado. Y quien bien me conoce, sabe que, detrás del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el libro que ha venido conmigo, hay un amplio margen de maniobra con el que manipular el juego, con el que categorizar las preferencias, con el que mirar el mundo. Eso sí, un único mundo. El que habita tras la soledad en forma de cubo del espacio que encierra esta vieja puerta verde que miro mientras recuerdo el tintinear de los siete hielos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete.
Con todo mi cariño para A.G.S.
Con todo mi cariño para A.G.S.

