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viernes, 29 de julio de 2011

Guillermo Martín Bermejo.


Como instrumento de comunicación de primer orden, el dibujo ha sido en todos los tiempos y culturas, un lenguaje –tal vez el único- capaz de desempeñar multitud de funciones, desde las más puramente prácticas hasta aquellas que profesan los objetivos más idealistas para transmitir intenciones, estados de ánimo o sentimientos.

Cuando, en la segunda mitad del siglo XV, con el descubrimiento del Nuevo Mundo, la inexistencia de mecanismos de conservación imposibilitaba el estudio de un determinado espécimen, la imagen dibujada suplía al propio ser vivo. Y lo hacía de forma milimétrica, conteniendo la mayor información posible. Incluso, en ocasiones, se desdeñaba el todo por la parte insistiendo, por ejemplo, en los frutos que crecían de un árbol o en sus hojas carcomidas. Los dibujos de los naturalistas suponían la sustitución de un objeto que –por lejano en la distancia- no podía ser analizado, por una imagen que acercaba esa realidad en lápiz y papel. Y así, se estudiaron especies animales como la enigmática Manucodiata Altera –ave del paraíso-, o vegetales, como la Granadillae Ramus, gracias a su representación a través de bellos dibujos que se elaboraban con auténtica minuciosidad y paciencia.

El dibujo, a día de hoy, ha perdido ese estatus que debería seguir teniendo. La pintura y la fotografía se han erigido protagonistas del engranaje artístico mientras la barra de grafito de escaso diámetro que encierra en su interior un lápiz permanece, tranquila, en el fondo de un cajón. Pero cuando lo menos es más y el lapicero adquiere rasgos de excelencia gracias a las habilidades de quien lo utiliza, entonces no hay posibilidad de réplica ni de exclusión. Por eso, dentro de un paraje cada vez más previsible, destacan, con presencia excepcional, las obras de arte de Guillermo Martín Bermejo, un artista que ha ido arando en su trayectoria un profundo camino repleto de evolutivos afluentes experimentales que desembocan en un hoy marcado por un término definitorio. Talento.

Me detendré en abordar el “ahora”, no en las travesías ni conquistas anteriores, porque es ahora, precisamente, cuando el proceso decisorio de la entrega a una u otra disciplina ha concluido con un romántico y alegórico final plasmado en diminutas hojas de bloc y a través de lapiceros que se han reencontrado con la comodidad, la calidez y el mimo de la dedicación y exquisitez absolutas. Porque Guillermo confiere cualidades a sus dibujos poco propias del arte contemporáneo actual. En su sesera conviven reminiscencias de aromas, sabores, emociones y gestos ya olvidados que quiere recuperar. Atmósferas con un apetecible regusto clásico conviven con personajes misteriosos que, en ocasiones parecen más estáticos que su propio entorno. Porque la historia que narran los dibujos son relatos de sueños protagonizados por eternos adolescentes -a veces escépticos, otras extáticos- cuyos rostros dialogan, callados, con un espectador intérprete de la vida encerrada dentro del espacio rectangular que escudriña.

Dice Gilbert Sinoué en “La mujer del sueño” que “Hay seres que no engañan, bien se ve que han sido respetados”. Y continúa, tras un punto y aparte, “Tenía el rostro liso (…), el corazón púber”. En efecto, los personajes que campan por los trabajados escenarios que representa el artista muestran una sinceridad absoluta y una sencillez no exenta de complejidad. Rostros planos, lisos, que invitan a inventar ubicuas situaciones, futuros pretextos o intensas vidas. Actitudes y gestos elegantes sin preciosismos, sonrisas a medio esbozar, tan naïves que perturban. Miradas aparentemente perdidas que interactúan dispuestas a cavar en nuestro subconsciente. Inquietud, melancolía, androginia, sensualidad, sensibilidad, nostalgia, lirismo. Cuerpos recurrentes que pueblan de interpretaciones oníricas los escenarios en que se desarrolla, quieta, la acción. Pequeños santuarios que, según el estado emocional del observador, pueden tornarse tridimensionales o planos como la pared de un decorado teatral.

Estoy seguro de que nunca podremos resolver el misterio que atesora el alma de cada uno de los protagonistas de la obra de Guillermo Martín Bermejo. Es tarea difícil adivinar por qué el núcleo central de cada pieza está siempre encerrado en los signos menos manifiestos y en los trazos más sutiles. Tal vez porque la verdadera realidad, en lugar de mostrarse, tiene lugar a escondidas, como la furtiva lágrima del aria de Donizetti.


Con todo mi cariño, para Gui. Feliz cumpleaños.


viernes, 15 de julio de 2011

Mi fiesta de cumpleaños.



I


Jueves. Treinta de Septiembre. Ocho de la tarde. La luz del atardecer es sublime y cegadora. Estoy sentada frente al ventanal de mi dormitorio en la butaca de terciopelo gris ceniza que encargué a medida en Burdeos. Paso un buen rato entreteniéndome, acariciando los reposabrazos. La seda con la que está tejida la tela se vuelve mate a contrapelo y brillante al peinarla. Miro al jardín, al extenso edén cuajado de flores y árboles. Palmeras altísimas, tilos, cipreses y frondosos limoneros. Abro la ventana porque necesito que entre aire. Cada mes, el operario de una empresa dedicada a prestar servicios de aromatización ambiental, viene a cambiarnos el olor de la casa. Me gustan las fragancias frescas pero la última vez opté por un amaderado con notas de cedro y nuez moscada que me empalaga. Siento cómo se cuela la brisa fresca de la tarde, cauta y reverente. Con los brazos apoyados en la butaca, las manos colgando, y la espalda reposada, cierro los ojos y sigo mentalmente el rápido compás de mi respiración. Me veo a mí misma allí sentada vestida con un batín negro anudado a la cintura. A mi derecha, sobre la alfombra blanca, descansa una botella de Belvedere dentro de una cubitera de plata con hielos a medio derretir. A mi izquierda, una botella de Perrier aún cerrada y un vaso bajo ancho y pesado lleno de vodka.
 
 
 
II

A mediodía tomo una rodaja de piña fresca y un par de los trocitos del melón que Julia ha incluido en la macedonia, luego unos guisantes cocidos con salsa de soja y medio vaso de zumo de pomelo, para tragar mi dosis diaria de ansiolíticos y antidepresivos. A primera hora de la tarde visito el salón de estética. Un masaje de párpados, una manicura y una pedicura son suficientes para sentirme mejor. Luego me peinan. Pido un brushing con planchado que deja mi pelo liso como una tabla y resplandeciente como un espejo. Y decido que , a pesar de ser demasiado pronto, me maquillen.


III

Bajo los efectos de las pastillas, y los efluvios del alcohol, giro torpemente la cabeza hacia el guardarropa, a mi izquierda, y me quedo embobada, con los ojos entreabiertos, ante la infinita hilera de vestidos negros, e imagino qué ocurriría si, de repente, cobraran vida y se abalanzaran sobre mí como alienígenas endemoniados. Y noto una sensación extraña, como de confusión y abatimiento. Cumplo 42 años y, desde hace más de dos semanas Luisian está preparando mi fiesta. Siento un odio por él que no puedo reprimir. Su prestigio como cirujano y la entrega a su trabajo han hecho que, con los años, se haya convertido en un hombre insoportable con todo el mundo excepto conmigo. Pero insoportable al fin y al cabo. Llevo mucho tiempo sin querer que llegue este día porque no me apetece compartirlo con la socialité aburguesada de los círculos en los que nos movemos. Siempre he sido más díscola y mis fiestas favoritas eran de ésas que duraban hasta el amanecer. Ésas en las que nos mezclábamos el lumpen y la high society de Madrid. Pero eso era antes de casarme. Luisian me sometió -y yo cedí- a sus protocolos y costumbres. Y, desde entonces, las fiestas son constantes dèjá-vus aburridos, premeditados y previsibles. Hoy, el salón vuelve a estar lleno de lirios, orquídeas y rosas blancas; la mesa arreglada por Julia con mi mantelería preferida; el jardín adornado con guirnaldas de parra y acebo sin florecer y el camino del portón de la verja a la puerta principal, lleno de velas blancas. Todo con un regusto a tedio, monotonía y rancia repetición. El tiempo que Luisian lleva haciendo los preparativos es el mismo que yo he estado rezando para que caiga un rayo en el tejado, chamusque la casa y nos mate a todos. O para que una feroz galerna nos arrastre a lo más profundo del mar. A Luisian, a los niños y a mí. Yo no tengo nada que celebrar, salvo mi desdicha y la profunda negrura en la que habito.



IV

Recuerdo todos los días la muerte de Alejandro con una precisión que lastima. Nunca nadie supo nuestra verdadera historia. Nuestro amor era insondable e infinito. Nuestros gustos, los mismos. Nuestras vidas, completamente diferentes. Nos conocimos el día de mi boda. Alejandro era el mejor amigo de Luisian. Desde niños habían compartido aventuras. Hice todo lo posible por engatusarle y, aunque era un hombre con unos principios morales férreos, yo supe cómo tambalearlos. Después de mil diatribas internas y de meses hablando de “lo nuestro”, se dio por vencido y escribimos el primer capítulo de nuestra historia. Yo le amé ciegamente. Era mi Dios. Un tipo rubio y alto, con espalda de nadador, nariz prominente y fumador empedernido, no especialmente guapo pero irresistiblemente atractivo. Y yo sentía adoración por él.



V

Después de no sé cuánto tiempo mirando sin ver, me levanto de la butaca, con las piernas medio dormidas, más mal que bien, y me acerco al vestidor. Tengo la vista nublada y lo que intuyo delante de mis narices es una mancha negra. No distingo los trajes por unos segundos hasta que, por fin, me centro y miro la hilera de perchas. Y lo veo todo igual. “Claro, todo es negro“, razono. Y pienso en Alejandro. Y me imagino cómo le gustaría verme vestida hoy. Y, al momento, decido.



VI

Recuerdo cuando Álex y yo nos citábamos en el ambigú del Hotel Santo Mauro. Eran unas tardes que discurrían entre risas, caricias y champán. A veces, él me leía pasajes de sus libros. Los mismos que nunca se publicaron y que llevaba de editorial en editorial pero ningún editor leía. La narrativa de Álex era “Muy poco comercial”, “Demasiado filosófica”, “Sesuda en exceso”. Yo le escuchaba, en silencio, con admiración, y contemplando el movimiento de su boca, esperando el momento en que se le secasen los labios para ver cómo se los humedecía con la lengua en algún punto y aparte de su lectura.



VII

Ha sido levantarme del sofá y notar los efectos del vodka multiplicados. Estiro el brazo y saco un Christian Lacroix de alta costura de 1997. Es un dos piezas de tafeta negra. La parte de arriba, un corsé rígido, una filigrana de varillas que imitan la estructura ósea y se ciñe a la espalda con una fina cinta de gross grain que atraviesa dos hileras de ojales. El interior es de tul de seda. Aún cuelga la etiqueta. Encargué el traje el mismo día que asistí al desfile de la colección de invierno en la cúpula del Grand Palais de París, pero no lo había estrenado. En aquella época estaba delgadísima. Mi hiperactividad me consumía y me alimentaba exclusivamente de verduras y frutas rojas. Un kilo de más bastaba para que la zona de la sisa hiciera unos frunces feos y el pecho quedara aplastado dentro del forro de tul. La parte de abajo es una falda abullonada a la altura de la rodilla con aplicaciones de encaje sin rematar y cristales de azabache. Muy barroca.



VIII

Descubrí el cadáver de Alejandro una tarde en la que, después de mil llamadas no contestadas, mi preocupación me llevó a llamar a su puerta. Aparqué mi coche en un vado al principio de la Calle Velázquez, junto al portal. Y miré hacia el cielo. En el piso octavo había luz. Estaba en casa. El portero me recibió con una sonrisa. Creo que ni le di las buenas tardes. El ascensor estaba estropeado. Llegué a la planta ocho sin fuerzas, sudando, empapada. Abrí con mis llaves y grité su nombre medio enfadada, medio inquieta. Nadie contestó. En la bañera, teñida de rojo, estaba el cuerpo frío de Alejandro. Un cuchillo que estaba en el suelo dejó como pruebas de su muerte dos cortes longitudinales, uno en cada muñeca; un reguero de sangre en la pared exterior de la bañera; el cadáver joven de una persona llena de vida pero frustrada por su falta de reconocimiento profesional y un dolor en forma de daga, dentro de mi pecho, que me atravesaba a todas horas. Ni una nota. Ni un mensaje. Ni una llamada de última hora. Ni rastro de nada.



IX

Medio borracha, me calzo unas medias negras, muy finas, con costura atrás, y las estiro sin cuidado hasta medio muslo. Las engancho como puedo en el portaligas. No me pongo ropa interior. Me deslizo dentro de la falda y, con ayuda de los dientes, me ato el corsé por delante y lo giro. Me miro al espejo. Mi cintura es escasísima. La falda, espectacular. El corpiño parece estar pintado sobre mi piel. Me subo a mis sandalias Saint Laurent y las anudo las  al tobillo. Me arrepiento de haberme puesto medias porque la pedicura que me he hecho esta mañana no se va a apreciar. Los once centímetros de tacón y mi mareo, hacen que adopte una postura decadente, con los hombros inclinados hacia adelante, la cadera ladeada y la espalda encorvada. Pero la figura que devuelve el espejo es espléndida, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme en pie, con una mano apoyada en la pared y la otra agarrando el vaso lleno de vodka helado. Decido que he de aderezar mi cuello con una piel negra de pelo largo, un broche de diamantes y elegir pendientes y algún anillo.



X

Quise coger el cuchillo y clavármelo en la garganta, pero no tuve suficiente valor. Intenté enderezar la cabeza de Álex, entumecida, pero no pude, y le abracé con todas mis fuerzas para sacarle de la bañera. Estaba congelado. Besé sus ojos cerrados y sus manos grandes, que estaban azules. Y lloré sin consuelo. Después, guardo pocos recuerdos más. Sé que llamé al portero, que vino la policía y me llevaron a comisaría a que prestara declaración. Allí, con mi Chanel empapado en el agua sanguinolenta, quise que me tragara la tierra. Y regresé a casa justo cuando Julia colgaba el teléfono y me decía que Luisian estaría en el quirófano hasta tarde. Que tenía una intervención a corazón abierto, muy complicada. Fui consciente, al subir a mi dormitorio, de que no tenía ningún otro recuerdo de Álex que la sangre que empapaba mi chaqueta y sentí morir. Guardé mi ropa en una bolsa de plástico y la escondí en la buhardilla, detrás de unas cajas polvorientas. Luego bajé a la cocina y pedí a Julia que diera de cenar a los niños. Yo fui directa al dormitorio, me metí bajo la ducha y dejé que el chorro de agua casi hirviendo me quemara la piel. No sé cuánto tiempo estuve gimiendo sin lágrimas. No tenía. Estaba llena de dudas que no era capaz de resolver. Quería pensar en mis hijos pero, siendo realista, nunca tuve instinto maternal, solo quise complacer a Luisian. Julia cubría mi rol de madre, mientras yo continuaba con mi vida, aun sabiendo que mis papeles de madre y esposa estaban siendo mal, muy mal interpretados.



XI

La tarde en que se celebró el funeral de Alejandro, me acerqué a la Catedral de San Jorge media hora antes de la misa de cuerpo presente. No me quedé. No hubiera podido soportar ver el féretro entrar al templo. Ya desde la calle, el olor a cera me dio náuseas y me mareó. Mojé los dedos en agua bendita, me hice la señal de la cruz y fui directa al altar a dejar un sencillo ramo de margaritas de colores, atadas con un lazo blanco . Entre los tallos de las flores, arrugada, puse mi nota de despedida. “Lo único que me queda es tu sonrisa grabada en mi recuerdo, tus abrazos, tus besos, tu calor y tu mirada. Una voz me grita que estarás conmigo, que no me dejarás nunca porque yo nunca voy a olvidarte. Ayer te fuiste y desde hoy empiezo a amarte, si cabe, aún más. Espérame. Te quiero”. Y me arrodillé a rezar un padrenuestro sin poder reprimir el llanto.



XII

Elijo unos pendientes largos de oro blanco con aguamarinas que Luisian me regaló al cumplir los cuarenta. Me sientan mucho mejor con el pelo recogido pero, incluso con la capa de maquillaje, estoy tan demacrada y tan triste que se me marcan demasiado los pómulos y el tabique nasal. Y eso nunca me ha favorecido. No tengo una nariz bonita. Así, con el pelo suelto cayendo a ambos lados del rostro y sobre la espalda, solo parezco lánguida y muy delgada, pero no flaca en exceso. Ni muy borracha. Escojo el broche de Damiani para sujetar la piel de zorro y un anillo de dimensiones mastodónticas cuajado de diamantes, con una perla australiana de enorme calibre, en el centro. Queda soberbio en contraste con la laca de uñas frambuesa. Desde el dormitorio oigo a Luisian descorchar botellas de Taittinger, una tras otra, según van llegando los invitados. Es ya la hora. Llamo a Julia por el interfono y le digo que estoy lista para bajar en quince minutos. Vuelvo a mirarme en el espejo y reconozco, una vez más, mi semblante funesto, y mis ojeras, que asoman a pesar de los cosméticos. Y veo, también, reflejado en el espejo, mi corazón, debajo de la coraza de alambre, tul y tafeta de alta costura. Un corazón oscuro, viscoso, ligeramente palpitante, triste, solo, angustiado, moribundo, cansado, huidizo. Y observo las arterias de mis largos y delgados brazos, pronunciadas como si mi piel fuera transparente o, directamente, no existiera. Como si me hubiera convertido en un holograma. En el cajón superior de la mesita de noche de Luisian descansa, dentro de una funda de loneta azul marino, una pistola cuyo tambor está completamente cargado. La saco de su envoltura, la empuño con severidad y vuelvo al baño, casi sobria por un instante, con paso decidido, manteniendo el equilibrio sobre mis tacones. Con el alma cercenada, me perfumo las muñecas con Chanel No. 19. Aspiro la fragancia que me trae tantos recuerdos de Álex. Entonces, sin quitar mi mirada de las pupilas que refleja el espejo, agarro la pistola, me introduzco el cañón en la boca en sus tres cuartas partes, hasta la campanilla. Y cuando Luisian me sorprende abriendo la puerta de la habitación, diciendo “¡Feliz fiesta de cumpleaños, mi vida!”, aprieto el gatillo sin titubear.


Para ti, que te emocionaste mientras me escuchabas, frente a Ana, a la luz de las velas. Te quiero.