Visits

WELCOME

lunes, 31 de octubre de 2011

Fóllame.





No pruebo bocado en la cena. Ni siquiera pincho el tenedor en la ensalada y el camarero se lleva el pescado según lo trajo, pero destrozado. No he parado hasta hacer trizas el lomo de atún casi crudo, igual que un niño malcriado y desobediente. El ambiente del restaurante está tan cargado y el champán tan deliciosamente frío, que lleno la copa sin parar. Bebo todo el tiempo. Álvaro solo toma agua con gas y me mira sin hablar, con un gesto de inquietud e incomodidad al tiempo. De vez en cuando, al acercar la servilleta a los labios para limpiarse antes de beber, me pregunta, detrás de la tela y en baja voz, si estoy bien. Yo asiento, serio. Él sonríe, cortés. Ambos sabemos que esa cena es una excusa para follar.


Tengo mucho calor pero no me quiero quitar ropa porque me veo guapo así. Voy de negro. Llevo un jersey de cuello cisne de un punto muy fino que se me pega al cuerpo por culpa del sudor, un pantalón muy pegado, una cazadora de cuero muy estrecha y unos zapatos de ante que me aprietan. Álvaro insiste en que me ponga más cómodo pero yo, mareado, y de mal humor, le digo que apure el segundo plato, olvide el postre, pida la factura y nos vayamos de allí cuanto antes. Y con sus refinados modales, coge la servilleta de su regazo por el centro y la posa en la mesa con cuidado. Llama al maître y, sin mirar la factura, le extiende su tarjeta de crédito y le pide, con una sonrisa muy fingida que, mientras nos cobran, la chica del guardarropía le devuelva su abrigo.



Al salir, una ráfaga de viento sur me despeina el flequillo y un montón de hojas secas de roble se arremolinan y vuelan delante de mi cara. Me viene a la mente una noticia sobre el invernar de las grullas en la que leí que, a pesar de las temperaturas cálidas del mes de octubre, su calendario migratorio había permanecido intacto. Ojalá fuese yo tan disciplinado, pienso. Y miro a Álvaro, que va dos pasos detrás de mí, con su abrigo en la mano, su pelo rapado y sus facciones angulosas de actor de western y en ese mismo momento tengo una potente erección que no hace falta disimular. No hay ni un alma en la calle.


Antes de entrar con Álvaro en The Church sé qué va a pasar. Me acerco a uno de los porteros para indicarles que tenemos un reservado en la parte opuesta al escenario donde hoy pincha Nick Warren. El tipo con el que hablo busca mi nombre, lo tacha con un rotulador rojo de punta roma y nos abre las puertas. Bajamos la escalinata hacia lo que yo llamo “El Infierno” y, mientras, en el pecho siento, cada vez más, el pulso de los graves. La melodía que se intuye es un preludio prometedor de una delirante sesión. Cojo a Álvaro de la cintura y le miro a los ojos. Me gusta. Me gusta mucho. Me gusta demasiado.



Bordeando el perímetro de la pista, llegamos al reservado y percibo menos luz de lo habitual porque estoy borracho. Me acomodo en el sofá, con las piernas abiertas y apoyo los dos brazos en los cojines mientras dejo colgando, muertas, las manos. Y le pido a Álvaro que vaya a por unas copas de champán y una botella grande de Evian pàra mojarme el pelo. La pista está a rebosar y los juegos de luces púrpura crean sombras deformes como fantasmas en los cuerpos de los que bailan.



Cuando llega Álvaro le digo que me acaricie debajo del jersey. Me pellizca los pezones y me besa el cuello y las orejas. Le pido que siga haciendo justamente eso pero mucho más fuerte. Obedece y me dejo hacer mientras echo la cabeza hacia atrás, bebiendo. Descorro las pesadas cortinas de terciopelo añil para que nadie nos vea, y me bajo la cremallera del pantalón. Álvaro mete la mano y empieza a masturbarme. Le aprieto fuerte contra mí, dirijo su boca a mi boca y le digo en voz muy baja que estoy cachondo. Él me tira del pelo, yo le acaricio su cabeza rapada, y me agarro a su espalda. Intento levantarme del sofá pero no me tengo en pie. Y allí, en el sofá, medio tumbado, miro hacia la mesa. Y veo la botella de champán Y la botella de agua. Y la cubitera. Y cómo los hielos flotan dentro. Y cuando me corro, lo hago de forma convulsiva y tiro todo al suelo y pienso: “Los hielos se han derretido”.

Javier Ubieta para ANTONIAMAG.



La portada de este número de ANTONIAMAG es mucho más "tecnochicle" que ésta. [Entrad y veréis]. Sin embargo, no puedo resistirme y he ilustrado el post con esta foto de Mabi en negra pose severa, sensual, con print underwear por adivinar del todo, labio rojo mate, eye-liner gatuno y cutis extra "porcelain". La fuerza que desprende esta imagen dice mucho de otra fuerza, ésa con la que lla misma se gobierna y a la que pide asesoramiento de cuando en cuando. Solo quiero darte las gracias por ese reconocimiento cariñoso y por tu generosidad. Gracias, bella, por encontrarte conmigo de sopetón y decidir compartir algo más que palabras. Su significado.

Sin previo aviso y con la cautela y el aplomo de la buena educación, la "Jefa" de ANTONIAMAG ha tenido a bien publicar uno de mis textos que ha titulado "Amaneceres" y cuyo manifiesto final, el escrito de su puño y letra, es muy hermoso. Leedlo, por favor. Mil gracias por tu cariño.

 

domingo, 30 de octubre de 2011

Aida Ulibarri (II)



















Hace poco más de un año que hablé de ella en un post, un día que el destino quiso que compartiéramos una apasionante conversación durante la sobremesa de una ligera comida al aire libre. Casi sin conocerla, pero intuyéndola en sus manifestaciones gestuales y en la vehemencia con la que defendía su trabajo, empezamos súbitamente a hablar de moda: diseñadores, tendencias, casas de costura, telas, talleres, confección, industria… Una conversación que quedó a medias, como mi café solo -que se me enfrió, de tanto hablar, y que no terminé-.



El jueves pasado me invitó a su estudio. Un lugar en el que se respira paz y calma, un espacio luminoso con tesoros que yo iba descubriendo, con sigilo, mientras nos tomábamos un té verde con galletas de arroz y chocolate y hablábamos de nuestras vidas -ora tú, ora yo-, no de nuestras profesiones. De nuestras vidas que, curiosamente, están indefectiblemente unidas a esos ideales que amamos de verdad y que tienen mucho que ver con aquello que tratamos en esa inconclusa charla cuya presentación comenzó en junio del año pasado, cuyo nudo comenzamos a tejer pero a cuyo desenlace no llegaremos hasta dentro de mucho tiempo. Estoy convencido.


En su trabajo, Aida Ulibarri trasciende el concepto de colección en un mundo que sigue empeñándose en cumplir a rajatabla el calendario de las estaciones. Y según me explicaba, ha conseguido conformar un “armario” sin tener en cuenta nada más que sus propias querencias. Ha confeccionado vestidos de noche y día, faldas, camisetas, blusas, o sudaderas para mujer en materiales nobles, en su mayoría, de los mismos colores de la tierra.



Y mientras continuaba explicándome cómo eran las camisas y los preciosos pantalones de la colección de hombre, me venía a la mente aquella campaña de invierno de la firma Prada (mucho antes de entrar en el nuevo milenio), que ocupó dos dobles páginas en el número de agosto de la biblia Wallpaper* , y que mostraba unos pies sin medias, calzados con unas sandalias de tacón en piel de avestruz, que caminaban sobre el asfalto urbano nevado, en pleno invierno (¿sandalias para la nieve?). ¿Por qué contemporizar la moda y someterla a una rigidez absurdamente severa? ¿Por qué respetar el diagrama Primavera/Verano, Otoño/Invierno, sus dos correspondientes colecciones “Resort” y tal vez, otras tantas colecciones cápsula y quién sabe si más peregrinajes aún?



Aida cuenta con la sensibilidad haute couture de los grandes profesionales del mundo de la moda y, por eso, hecho, sus creaciones no dejan lugar a la aleatoriedad del patrón de la talla estándar. Cada frunce, cada sisa, cada pliegue cada escote… Todo conforma un coherente conjunto de ropa con integridad y única pero sin grandes pretensiones. He ahí el secreto.



Podría hablar de su escrupulosa meticulosidad, podría decir también que yo la siento como una artesana Gabrielle Bonheur del siglo XXI. Por su belleza discreta, su infinito cuello y sus proporciones de maniquí, o sus botines de charol de cordones de tacón pompadour. Aprendí mucho durante las tres horas que estuvimos juntos. Tal vez nada que no imaginara pero, desde luego, quedó mucho sobre lo que reflexionar. Y nuestro encuentro terminó con una moraleja que podría decir algo así como que los más grandes profesionales, en cualquier faceta de la vida, son aquellos que huyen de lo hostil, y se aproximan al lado humano, didáctico y experiencial de lo que da la vida. Enhorabuena.










miércoles, 26 de octubre de 2011

Una reflexión sobre el arte.




Cuatro de las figuras sobre las que rota, cambiante, el mundo del arte, léase, artistas, galeristas, curadores y compradores, se ponen de acuerdo en asegurar que el escenario en el que se está desarrollando hoy por hoy la acción de la venta no es, precisamente, un territorio amable.


Y, a pesar de que en el muy estático estadio actual del coleccionismo no debemos buscar culpables, sí hemos de ser conscientes de la situación de irrealidad innegable de un universo “obtusamente paralelo” que se apoya sobre vagos cimientos, y se retroalimenta a través de sus autónomas sondas, muy alejadas del sustrato real sobre el que se sostiene.


El ímpetu y la vehemencia de cada una de esas cuatro piezas que componen el mecano, hacen que, cada cual, defienda su parte del pastel de una forma tal vez poco amable con el resto -al menos desde el punto de vista del espectador interesado por el entresijo, por el engranaje, por la anatomía interna del negocio-. Y favorecen a construir de cuando en cuando, comportamientos autónomos y autosuficientes en exceso, que no hacen sino perjudicar a esas cuatro bandas que siguen unidas en sus extremos.


El progreso evolutivo del artista se ralentiza; el comisario que debería estar firmando manifiestos de estupendas exposiciones, se busca las habichuelas lo mejor que puede; en cuanto a las galerías, unas se endiosan, otras se mantienen a duras penas y, afortunadamente, las menos, involucionan a un agujero negro sin posible salvación. Mientras, al coleccionista adinerado le da todo igual y a aquel que ama el arte le preocupa esa escisión tal vez no peligrosa, pero sí inquietante.



En este maremágnum de filosofías desunidas y divergentes en el que navegan barcos de rumbos discordantes, aparecen figuras que no entienden muy bien qué pasa y que, más allá del beneficio propio, intentan hallar una explicación, una solución a un problema mal definido, que se intuye pero se resuelve a ciegas, tangencialmente. Un problema cuyo enunciado no es claro.



Solo me reconforta saber que hay grandes figuras en los cuatro ámbitos que he nombrado que se empeñan, pese a todo, contra viento y marea, por hacer que el arte siga fiel a las coordenadas que algún día alguien comenzó a trazar, no de forma altruista, sí de forma no egoísta. Y lo hacen con una pulsión y viveza dignas de mención. Y con un mismo fin, el que impide que el dinero, como decía Damien Hirst, lo complique todo.

martes, 18 de octubre de 2011

A point of view by Steven Klein.




 











Vogue Italia. Sept. 2011.

lunes, 17 de octubre de 2011

Dentro.




Supe que era hora de echar la vista atras.
Temí frenar los pensamientos rápidos como la luz.
Me senté cruzando los tobillos, juntando las piernas y entrelazando las manos, para pensar.
Luego, elegí un cuaderno y, dejando la primera página en blanco, empecé a escribir.
Una breve lista.
Convesaciones pendientes.
Obligaciones autoimpuestas sin sentido que pesaban como lastres.
Rutinas que tenían que abandonar la aleatoriedad para serlo.
Y libertades que era necesario me concediera.
Con paso medio firme, y un fino rotulador de punta 0.1, voy tachando conceptos.
E intento situarme por encima de mi cabeza para ver más claramente el constante movimiento de las manecillas del reloj. 
Esos 360 grados sobre los que, implacablemente, giran las agujas.
El tiempo, que a veces ayuda a hacer crecer la confianza y la sagacidad puede volverse enemigo y desvencijar el equilibrio.
Quizá no merezca la pena pensar demasiado. 
Tal vez sea inútil.
De momento, es necesario.
Y sé que la escalera de caracol cuyo primer escalón tengo delante, es complicada y angosta. 
Y que el primer rellano aún es imposible de divisar.
Sin embargo, tengo la certeza de que al llegar, me estarán esperando las vituallas.
Y estaré hambriento.
  

sábado, 8 de octubre de 2011

Emilce Vergara.



Cuando regresé a la cama me dí cuenta de que no estaba soñando que soñaba. Sé que desperté súbitamente, como si alguien me hablase al oído. Miré a mi izquierda y a mi derecha en busca de nada, dentro de la oscuridad profunda que habitaba en el dormitorio. La persiana estaba cerrada, la puerta también. Mi camiseta estaba empapada. Había tenido pequeñas pesadillas toda la noche. Cortas, irreverentes, entrelazadas, confusas.

Me levanté medio mareado y fui a refrescarme las muñecas y la cara al lavabo. Y, entonces, a la izquierda, en el espejo gigante de la entrada al pasillo, te ví mirándome. Aguardando, pausada, pasiva, a que te dijera algo, a que me acercara a ti. No me sequé la cara, me quité la camiseta para mojarme el pecho y la nuca mientras pensaba cómo podía ser. Algunos mechones de pelo chorreaban cuando volví a mirar hacia la imagen que viviá en el espejo. "¿Cómo es posible que seas tú?" Te pregunté. Y no me contestaste, solo sonreíste y parpadeaste con una liviandad angelical.

Y te oí decir, sin mover los labios: "Reza para que tu angustia ceda y se rompa". Y yo solo supe preguntarte qué hacías ahí, en mi espejo, sentada, observándome. Y me recordaste que estabas esperando un corazón que yo había encargado para ti. Ése en el que cupieran tus sentimientos, se reflejara el brillo de tus ojos, la suavidad de tu piel, tu amor por lo bello. Un corazón que solo albergara gracias. Las mismas que yo te dí cuando apagué la luz del baño, cerré los ojos y besé el frío cristal. Pero, al abrirlos, tú...

Tú ya no estabas.