No pruebo bocado en la cena. Ni siquiera pincho el tenedor en la ensalada y el camarero se lleva el pescado según lo trajo, pero destrozado. No he parado hasta hacer trizas el lomo de atún casi crudo, igual que un niño malcriado y desobediente. El ambiente del restaurante está tan cargado y el champán tan deliciosamente frío, que lleno la copa sin parar. Bebo todo el tiempo. Álvaro solo toma agua con gas y me mira sin hablar, con un gesto de inquietud e incomodidad al tiempo. De vez en cuando, al acercar la servilleta a los labios para limpiarse antes de beber, me pregunta, detrás de la tela y en baja voz, si estoy bien. Yo asiento, serio. Él sonríe, cortés. Ambos sabemos que esa cena es una excusa para follar.
Tengo mucho calor pero no me quiero quitar ropa porque me veo guapo así. Voy de negro. Llevo un jersey de cuello cisne de un punto muy fino que se me pega al cuerpo por culpa del sudor, un pantalón muy pegado, una cazadora de cuero muy estrecha y unos zapatos de ante que me aprietan. Álvaro insiste en que me ponga más cómodo pero yo, mareado, y de mal humor, le digo que apure el segundo plato, olvide el postre, pida la factura y nos vayamos de allí cuanto antes. Y con sus refinados modales, coge la servilleta de su regazo por el centro y la posa en la mesa con cuidado. Llama al maître y, sin mirar la factura, le extiende su tarjeta de crédito y le pide, con una sonrisa muy fingida que, mientras nos cobran, la chica del guardarropía le devuelva su abrigo.
Al salir, una ráfaga de viento sur me despeina el flequillo y un montón de hojas secas de roble se arremolinan y vuelan delante de mi cara. Me viene a la mente una noticia sobre el invernar de las grullas en la que leí que, a pesar de las temperaturas cálidas del mes de octubre, su calendario migratorio había permanecido intacto. Ojalá fuese yo tan disciplinado, pienso. Y miro a Álvaro, que va dos pasos detrás de mí, con su abrigo en la mano, su pelo rapado y sus facciones angulosas de actor de western y en ese mismo momento tengo una potente erección que no hace falta disimular. No hay ni un alma en la calle.
Antes de entrar con Álvaro en The Church sé qué va a pasar. Me acerco a uno de los porteros para indicarles que tenemos un reservado en la parte opuesta al escenario donde hoy pincha Nick Warren. El tipo con el que hablo busca mi nombre, lo tacha con un rotulador rojo de punta roma y nos abre las puertas. Bajamos la escalinata hacia lo que yo llamo “El Infierno” y, mientras, en el pecho siento, cada vez más, el pulso de los graves. La melodía que se intuye es un preludio prometedor de una delirante sesión. Cojo a Álvaro de la cintura y le miro a los ojos. Me gusta. Me gusta mucho. Me gusta demasiado.
Bordeando el perímetro de la pista, llegamos al reservado y percibo menos luz de lo habitual porque estoy borracho. Me acomodo en el sofá, con las piernas abiertas y apoyo los dos brazos en los cojines mientras dejo colgando, muertas, las manos. Y le pido a Álvaro que vaya a por unas copas de champán y una botella grande de Evian pàra mojarme el pelo. La pista está a rebosar y los juegos de luces púrpura crean sombras deformes como fantasmas en los cuerpos de los que bailan.
Cuando llega Álvaro le digo que me acaricie debajo del jersey. Me pellizca los pezones y me besa el cuello y las orejas. Le pido que siga haciendo justamente eso pero mucho más fuerte. Obedece y me dejo hacer mientras echo la cabeza hacia atrás, bebiendo. Descorro las pesadas cortinas de terciopelo añil para que nadie nos vea, y me bajo la cremallera del pantalón. Álvaro mete la mano y empieza a masturbarme. Le aprieto fuerte contra mí, dirijo su boca a mi boca y le digo en voz muy baja que estoy cachondo. Él me tira del pelo, yo le acaricio su cabeza rapada, y me agarro a su espalda. Intento levantarme del sofá pero no me tengo en pie. Y allí, en el sofá, medio tumbado, miro hacia la mesa. Y veo la botella de champán Y la botella de agua. Y la cubitera. Y cómo los hielos flotan dentro. Y cuando me corro, lo hago de forma convulsiva y tiro todo al suelo y pienso: “Los hielos se han derretido”.









