Visits

WELCOME

viernes, 25 de noviembre de 2011

Amigos feisbuqueros.



Esta mañana, tras anunciar un "flis-flis", he escrito como "status" en mi muro de Facebook lo siguiente:

MISIÓN CUMPLIDA
.-Hora de comienzo: 08:49 h.
.-Hora de fin: 09:58 h.
.-Tiempo empleado: 1 h 09´
.-Antes: 518
.-Ahora: 453
.-Perfiles eliminados: 65

Que nadie piense que ha sido un delirio de grandeza ni una chulesca prepotencia.

Desde que abrí mi cuenta en la plataforma facebook, allá por marzo del año pasado, he practicado en cuatro ocasiones este "genocidio" virtual que -os aseguro- nunca es fácil. Cuando los eliminados son pocos, sabes que estás eligiendo bien (o te han elegido, porque esto siempre es cuestión de dos). Cuando los eliminados son más, es porque esas preferencias no han ido por buen camino.

Siempre he concebido la herramienta "Facebook" como un sistema interactivo de aprendizaje y crecimiento en un sentido muy amplio y he sido consciente de la entropía que las múltiples acepciones de estas dos palabras pueden generar. La era -ya casi- 3.0, nos posibilita intercambiar conocimientos (del tipo que sean, no solo aularios) y alcanzar informaciones, imágenes y -me atrevo a decirlo- sentimientos- en milésimas de segundo, casi de forma instantánea, a través de un feedback con personas muchas veces desconocidas, otras no, pero que a-por-tan.

Esa eliminación de perfiles que he hecho yo hoy, la puede hacer conmigo hoy mismo cualquier sujeto agregado en mi lista porque tal vez yo no sea un amigo "contribuyente". En efecto, hay individuos cuyos muros están repletos de enlaces interesantes, de fotografías exquisitas, de cientos de elementos que hacen de una pantalla un espacio que acaba por enamorar. En ese caso, la relación es casi unilateral en lugar de "bipartita", por la admiración de uno hacia otro. Y dentro mis "Amigos", hay personas cuyos muros consulto como un libro o una revista. En este caso, yo soy un elemento absolutamente pasivo frente a la radiante actividad del elemento activo. Pero, ojo, siempre hago saber al otro de mi admiración por su acción -sea la que sea-.

Toca ahora de hablar a la inversa [y agradezco de veras a todos aquellos que me felicitáis por las fotos o por los links con los que adorno mi muro]. No pido una constante conversación. Es imposible, algo quimérico. No tenemos tiempo para ello, en muchas ocasiones observamos -me incluyo- y nada más, pero de forma amable, respetuosa, reverente. Lo que me sobrepasa es esa tipología de "usuario" que se esconde en una esquina de la medianera de un edificio, a fisgar por fisgar, sin más. Son una irrisión. Son una anamorfosis virtual que no pinta nada porque contribuyen a matar esa idea vírica de la acción enriquecedora que, al menos yo, procuro buscar.

Y, ya dejando a un lado las unilateralidades, sí me gustaría terminar el post intentando expresar la inefable sensación de cercanía de este "chat" especial, de volumetría infinita, y que me ha procurado absolutos placeres. Siempre gracias a personas fabulosas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Mario Vela. Mario.





Veinte -ahí es nada- son los años que la obra artística de Mario Vela lleva pidiendo permiso, cortés, para saturar de color, amor y optimismo cada uno de los espacios que ha ido conquistando, que son muchos. A sus espaldas, una carrera exitosa y numerosísimas muestras de reconocimiento al camino que un día eligió, a sabiendas de que el perfil que ese camino trazaría sería similar al de una etapa ciclista, con sus picos y sus valles, porque la -tan bien vista- coherencia profesional y la -cuasi obligatoria- evolución son, en muchas ocasiones, y en casi toda disciplina, términos difícilmente convivientes y, en ocasiones, también, difícilmente asumibles.




Cantantes que cambian de estilo en un nuevo trabajo y sus seguidores lo ningunean. Diseñadores que eligen un determinado leitmotiv para su nueva colección y es denostada por la prensa especializada. Editoriales que piden una y otra vez al escritor redactar novelas de amor no correspondido, o artistas plásticos que se someten a una “dictadura” cada vez más evidente para estar dentro del “círculo -circo, a veces- artístico” y están avocados a repetir y repetir, como fotocopia, obras invariables. Como digo: Evolución VS Coherencia. ¿Debo ser fiel a mí mismo o circunscribirme en un perímetro poligonal, hostil, sin posibilidad de continuar con esa doctrina que un día quise hacer mía, y continuar con la plática que da congruencia a cada uno de mis pasos porque ésos, precisamente, están fuera del campo de acción al que debo someterme?





Diez son solo los días que hace que, a través de otro gran artista, descubrí la obra de Mario Vela. Y prejuzgué. Y prejuzgar, juzgar las cosas antes del tiempo oportuno, habitualmente tiene unas connotaciones no positivas. No es el caso. Sus trabajos me apabullaron por su fuerza y valentía. Y porque, hasta entonces, quizá no había sido consciente de que más allá de mis gustos personales, con un eje bien definido sobre el que hago rotar mi mundo, hay satélites sobre los que uno no repara. Estudiando los trabajos de Mario Vela supe, de inmediato, cómo era él a través de su obra y me aventuré a adivinar, soñando despierto, quiénes eran esos personajes de bocas y ojos enormes, tan grandes como los efectos cromoterapéuticos que propaga a través de sus pinceles, de su imaginación incansable, su sonrisa impertérrita y su franqueza y honestidad al expresar y al expresarse.

He de reconocer que los colores vivos me asustan y que, en ocasiones, he sentido pánico -la palabra es ésa- ante determinadas piezas (un edificio, un traje, un cuadro, un mueble, un logotipo…) teñidas de esos tonos en los que no acostumbro a reparar, por ser prudente a mis querencias, no a las adquiridas, sino a aquellas con las que uno nace como si fueran parte de su DNA. Siempre he creído que debe de tratarse de algún tipo de patología esa especie de “fobia” y el hecho de construir, de forma inconsciente, ese espacio fronterizo que me separa del arco iris.

 


Como contrapunto, y como disciplina no lejana a la de la pintura en muchos casos, al ver la obra de Mario Vela, me vinieron a la cabeza nombres de ilustradores como Colonel Moutarde, James Dignan, Ivo Orlov, Iwao Takamoto, Demetrios Psillos y alguno más. Y quise esperar. Quise ser paciente y dejar que esa apoteosis de color fermentara porque sabía que el resultado iba a dar lugar a un veredicto más reposado gracias al mismo proceso de mixtura conceptual.

La fermentación ha sido más rápido de lo esperado y la conclusión, sin pretender tomar forma de moraleja, sí me acerca (hablo en primera persona) a un mundo hasta ahora nuevo, repleto de actitud, de inconformismo y de férreos valores, aunque se pinten de colores más amables, porque el bermellón o el turquesa de los pinceles de Mario Vela tienen otros nombres, distintos a los que conocemos. Por eso, a través de colores como Paloma, Lola o Tomás, Mario nos regala una pasión plasmada de forma única a través de esas personas que juegan, posan, ríen, disfrutan… viven más felices gracias al prisma multicolor que ayuda -como muleta- al artista a campar orgulloso a través de su genialidad contagiosa. Felicidades.
 

viernes, 11 de noviembre de 2011

Intimidad Romero. Quien no ve más allá, es porque no quiere.




Todos conocemos a ufanos resabiados que defienden sus posturas, pretendiendo sentar cátedra, mirando al frente sin tener en cuenta cualquier otro norte que no sea aquel al que sus ojos ciegos apuntan. Lo peor no es la terquedad, sino la insufrible condescendencia perdonavidas – a veces convertida en una postura casi fascista-, que reposa en una pobre e inalterable sillita intelectual y ve pasar de largo, y sin prestar atención alguna, nuevas formas de expresión.

Lo mejor es que estos acontecimientos que, tangencialmente, nacen, crecen y se reproducen –algunos también mueren-, no hacen sino enriquecer un globo cada vez más nutrido de ideas y modernidad, en el que convergen acciones de toda índole y que aglutina, por mucho que algunos se empeñen en pincharlo, auténticos fenómenos sociológicos y corrientes culturales que alimentan la vanguardia.

En cuanto a la representación del arte, hace ya mucho que dejó el estatus de exclusiva museística y, sin embargo, la ubicación en la que el receptor percibe el concepto de “obra de arte” sigue siendo, precisamente, un museo, una galería de arte, un espacio físico –en definitiva- que nada tiene que ver con el lugar en el que la mente observa la experiencia on-line del arte virtual.





Cuando se aborda la dificultad del concepto de arte virtual, del concepto de arte en la red, tan arduo y complejo de explicar y, en ocasiones, de entender, aparece en escena Intimidad Romero que simplifica su posicionamiento frente a esa dificultad, tiñendo su manifestación artística, su acción, con un barniz de personalidad, novedad y –permitidme- disfrute, únicos. La artista continúa, fiel a su manifiesto, pixelando fotografías, retando al arte digital en la era 2.0 y repitiendo -en una sucesión de elementos idénticos pero absolutamente desiguales- su discurso con una coherencia y una tenacidad difíciles de conservar en el tiempo. Ella lo logra.

Como metástasis, una vez ubicada su acción en el escenario del arte virtual, la repercusión de ese “nuevo arte” que nos propone Intimidad Romero, se extiende y crece hasta cotas infinitas y, lo más importante, se reconoce como una filosofía en sí misma dentro de un proceso de transformación conceptual del verbo crear. Pixela lo que le viene en gana a través de un software informático determinado, anula su figura-persona-personaje y nos invita a imaginar, esparciéndose en los adimensionales territorios de la red, de forma inédita.




Lo que, en principio, pudo parecer una especie de “juego”, ha ido moldeándose a lo largo del tiempo hasta conseguir apabullar a expertos y a personas altamente instruidas en el mundo artístico-tecnológico que respaldan, con el mismo rigor que pasión, el acto de generosidad intelectual de la artista frente al público, con el conecta a través de sus respectivos hotspots. Ni más ni menos. Sin trampa ni cartón. Una comunicación a la que no estamos acostumbrados y que permite, a través del aire o del cable de red, llegar a una audiencia que puede ser inalcanzable de forma física, pero absolutamente cercana en el espacio virtual y en el tiempo.


Las visiones fantasmáticas que nos proporciona la impecable acción de Intimidad Romero fueron desde su inicio objeto de discusión y controversia, dos conceptos de los que nunca se ha escapado cualquier corriente artística que pueda calificarse de interesante. Imaginemos, pues, qué se esconde detrás de los píxeles y vayamos más allá de lo visible. Sumerjámonos en esa dimensión para la que ha sido concebida su obra, dejemos reparos aparte y disfrutemos de un nuevo modo de interacción y vida.




lunes, 7 de noviembre de 2011

Arnulfstr 61.



Es un lujo mezclarse con las plumas más exquisitas -y entre exquisitos textos- en el apartado "Reflexiones" del blog de David García Torrado. Un espacio para exhalar el poco aliento que queda cuando ves de cerca su trabajo. Una y otra vez, felicidades.

http://www.davidgarciatorrado.com


jueves, 3 de noviembre de 2011

Javier Ubieta @ losfashionpedist.




No puedo dejar de agradecer que hayan tenido la deferencia de nombrarme en su lista de preferidos, y más aún cuando mi nombre acompaña a muchos de mis más admirados escribientes en esto de lo virtual. Es un regalo que ayuda a seguir el camino con ánimo  y a albergar aún más ilusión, ésa que se recibe con el reconocimiento de lo que uno, humildemente, hace.

Mil gracias.





martes, 1 de noviembre de 2011

Luis Jaume.









Algunas de las incomprensiones que se han ido produciendo conforme la fotografía iba arrebatando a la pintura ese trono estático, sempiterno, que le ha servido de escenario para reinar en el panorama artístico por los siglos de los siglos, han sido ocasionadas por múltiples debates y razonamientos defendidos en unos terrenos en los que las intervenciones comparativas “pintura-foto” no son, seguro, las más apropiadas.


La inexorable globalización no sirve para cotejar disciplinas como si fueran documentos burocráticos, porque las piezas del conjunto no tienen coherencia, de modo que su estudio no lleva a conseguir buenos resultados. Puede ser enriquecedora, tal vez, la construcción de árboles de conocimiento que den sombra a una misma doctrina, sobre un sustrato bienintencionado y abonado por argumentos que no sean pobres ni inciertos. Ya habrá tiempo, después, de hacer comparativas entre corrientes distintas. Porque la inspiración, la técnica, la manipulación de los útiles, el manifiesto o -lo más importante- la coherencia de un trabajo, son agentes comunes a cualquier proceso creativo, sea el que sea. Y, por eso, merecen el mismo trato.

Los dos párrafos anteriores no son, en absoluto, una defensa de la fotografía frente a la pintura -sería una osadía por mi parte-, pero sí un apunte que invita a reflexionar acerca de la ligereza con que se mezclan dialécticas al hablar del arte como generalidad, y de la utilización de aporías absurdas que no hacen sino echar piedras sobre un tejado común, el mismo que cubre al delicado tejido del arte que yo quiero ver.




Y, por fin, paso a hablar de Luis Jaume, el protagonista de este texto, que me ha hecho discurrir, con cierta frustración, un debate monologante acerca los ecos que vibran descontrolados al conocer y estudiar su obra. Una propuesta que se enfrenta, invasora y poderosa a mucha de la fotografía contemporánea por su absoluta plasticidad y su particular entender del modelado en el contenido. 
 
El artista reconstruye, en un alarde de proeza estilística nada común, universos repletos de elementos latentes, casi vivos, que, remezclados, agregados, sobrepuestos o diseccionados convierten las partes en un todo alejado de una única declaración. Y desglosa, progresivamente, una sucesión de infinitos significados que pueden ser regenerados una y otra vez, cuando se fija la vista en el detalle. Conceptos como la muerte, la religión o el sexo pasan a conformar un mundo distinto al nexo que los unía en su origen. Porque, como decía Heidegger: “El origen no está detrás de nosotros, está delante de nosotros”.


Luis Jaume no entiende de azares y las amalgamas conceptuales con las que recrea sus escenarios hacen de cada una de sus obras un mapamundi imaginario cuyas infinitas travesías invita al espectador a recorrer. Pero el artista no promete un destino final, ni siquiera un itinerario determinado porque las reflexiones que cada cual engendre en su viaje, serán interpretadas en mil modalidades y bifurcarán la mente en dos caminos, ése que tiende a la realidad visible y patente de lo fotografiado y otro que gira más en torno a la escena subyacente que le da vida.

Auténtico en su hacer, fiel a su lógica y valeroso en su postura, el arte de Luis Jaume nos muestra, nada pretencioso, que la estupefacción que provocan los elementos más rutinarios recompuestos y adaptados por sus manos, dentro de la teatralidad no tan alejada de lo cotidiano y circunscrita a un espacio de acotadas dimensiones, es capaz de encaminarnos a una maravillosa multirrespuesta nada convencional y desprovista de absurdas ínfulas.