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jueves, 24 de mayo de 2012

Helena Barquilla





La acción principal transcurre en el Palacio de Congresos de Madrid, en la recién estrenada década de los noventa. La tarde de aquel caluroso septiembre daba más que nunca sentido al hervidero efervescente de una nueva edición de Pasarela Cibeles. Un buen amigo periodista especializado en moda y con ciertos privilegios dentro del fashion biz me invitó a disfrutar de aquello que uno solía podía contemplar con cierta atracción en el recién estrenado canal de moda Fashion TV.

Lo que sigue no dista mucho de la escena de un guión de una película. Un tanto ofuscado por la rapidez con la que se sucedían los previos a la salida a la boca de la pasarela y por la improvisada polivalencia de los habitáculos -donde lo mismo se vestía una modelo que se entrevistaba a un diseñador o al famoso de turno-, me alejé un instante del meollo y me senté a beber una copa de agua apoyado en la pared de un ancho pasillo enmoquetado. Fue justo entonces cuando, de espaldas, saliendo de una pequeña puerta blanca corredera, y a no más de cinco metros de mis narices, se recortó en la oscuridad la silueta de Helena Barquilla, alejándose con paso firme dentro de un estricto sastre pantalón negro y el pelo recogido en un moño bajo.

Helena había sido (y sigue siendo) protagonista de tertulias de sobremesa entre amigos, musa indiscutible de la interpretación en la pasarela, de la elegancia, del deseo, de la metamorfosis... Ese momento derivó en una pendencia de imágenes superpuestas (las de mis revistas, mis cuadernos, mis grabaciones en casetes vhs…) que me hicieron levantar de inmediato. Jamás he pedido a nadie un autógrafo, pero hubiera deseado ferozmente una rúbrica de la Barquilla. No recuerdo si caminé un par de pasos en su dirección, solo sé que alguien volvió a abrir aquella pequeña puerta blanca corredera y gritó su nombre. Entonces, ella giró la cabeza y escuchó. Y así, contemplando su posición congelada en tres cuartos, yo me quedé quieto, sordo y mudo.

Helena Barquilla se fue volando desde una atalaya, en pleno éxito, dejando un silencio que, a muchos, nos fue difícil asumir. Nos faltaba. Pero la misma sosegada elegancia con la que nos dejó es la que ha traído consigo. Y desde aquella cúspide infinita, pero más fascinante, si cabe, hoy celebra su aniversario. Y me gustaría, a través de esta felicitación, darte las gracias por volver, agradecer esos mensajes que conservo como tesoros, esas cartas electrónicas de un valor sentimental incalculable. Esas palabras que resuenan siempre amables, reverentes, cálidas, cercanas y que suplen con creces aquel autógrafo que fui incapaz de pedirte.


Mi Bella Helena, feliz cumpleaños.

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