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sábado, 13 de octubre de 2012

Microrrelato

 
 
 
 


De novios, Luis enviaba cartas de amor a Lourdes el primer lunes de cada mes. Antes de coger el autobús directo a la estación de tren, compraba un sobre americano y un sello. Luego, al subir al ferrocarril, sacaba de su maletín un cuaderno milimetrado de tapa blanda y una pluma estilográfica y escribía. Al terminar, arrancaba la hoja, la doblaba en tres con pulcritud, la ensobraba, ensalivaba el sello para pegarlo y guardaba la carta en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta lista para depositarla, ya en Madrid, en un buzón de correos, justo a la salida de la estación de Atocha.

Aquella mañana de Enero, la ménsula de uno de los postes que sostenía la catenaria, no soportó la fuerza del cruel azote repentino de la ráfaga de viento norte. Y unos kilómetros después de partir de la estación de Málaga, justo cuando Luis terminaba de escribir su carta, el vagón traqueteó de forma brusca, las luminarias fluorescentes chispearon y los pasajeros comenzaron a gritar. Entonces, antes de acabar de dibujar la ese del “Te quiero, Luis.” que ponía final a todas sus cartas, el tren descarriló y el griterío dejó paso a un funesto silencio bañado por la poca luz del amanecer borrascoso. Luis también había muerto.


Texto y Foto: Javier Ubieta
 

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