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domingo, 25 de noviembre de 2012

¿Me quieres?

 
 
 
 
 
 
- ¿Me quieres?
- Sí.
- Adelante, entonces.



Y agarré con más fuerza las muñecas de David, hasta casi escuchar el latir de su pulso. Así con firmeza la cuchilla de afeitar y la inserté por una esquina, despacio, en la arteria radial. Del brazo izquierdo empezó a brotar sangre casi negra, como el color del Reserva Marqués de Vargas que bebíamos en finas copas de cristal Riedel mientras llorábamos recordando el pasado.

- ¿Tú crees que alguna vez fuimos felices?

Y, bañados en su sangre, sin que se diera cuenta, me procuré un corte igual de doloroso bajo la sábana que nos cubría. Tardé en contestarle lo justo para que me escuchase decir…

- Mucho. Fuimos muy felices.

Y, con las manos entrelazadas, los ojos luchando por no cerrarse y los labios entreabiertos, nos regalamos -mirándonos sin vernos- el último beso. Ése que quedó pendiente el mismo día que naufragamos tantos años atrás, aquel en que decidimos no dejar de querernos nunca aunque ambos tuviéramos la certeza de que seríamos infelices para siempre.


Texto: Javier Ubieta

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