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jueves, 26 de enero de 2012

Guillermo Martín Bermejo. Paseo por el Parque de los Príncipes Pálidos.



“Las obras más bellas son las que poseen menos cantidad de materia: cuanto más se ciñe la expresión al pensamiento, cuanto más se desliza y esfuma la palabra, tanto mejor se consigue la belleza”

Gustave Flaubert.

Extracto de carta. Enero de 1852.

 

Qué curioso resulta que en el título “Paseo por el Parque de los Príncipes Pálidos” se hallen las direcciones capitales en las que se unen, convergen y propenden a armonizarse las liturgias y las reglas a las que solamente un artista como Guillermo Martín Bermejo puede abandonarse de un modo tan solemne y abrumadoramente arrebatador. Con solo cuatro palabras podemos predecir -sin posibilidad alguna de errar- quién dibujó ese camino a través de un terreno ajardinado por el que pasean, livianos, personajes atemporales, inquietantes, austeros... Y qué valiente es recurrir a tan románticos términos para presentar una obra que huye de lo pretenciosamente moderno, sabiendo que la modernidad es tan efímera como un suspiro.


Qué connotaciones tan estéticas y poéticas adquiere un paseo cuando el camino es a través de un parque. A través de un parque que, con una maravillosa potencia irradiante, contribuye a encajar el arte más clásico en los rangos de los múltiples valores estéticos universales. Y que da cobijo a jardines verdes y arbolados donde los príncipes pálidos hallan, fresco, el fermento de su hábitat.


En la actitud global con que Guillermo Martín Bermejo ve y siente su obra, hay amor, y amor acendrado, un trepar por lo real hacia lo ideal, a la manera goethiana y, de forma paralela, una acrimonia que procede del delicado sentimiento de la espiritualidad y gracia con la que presenta su mundo. Y pienso y quiero convencerme de que esos muchachos de belleza clásica y mística, son seres celestes que habitan en las nubes, entre estratos de vapor, cúmulos y cirros y que descienden a la vida arbórea no para quedarse sino solo para vivir capítulos aleatorios, experiencias aisladas de una vida.


Quieren aspirar las fragancias que desprenden el sándalo, el eucalipto, la madera o el barro, como recién salidos de uno de los paisajes de Eugène Fromentin. Contemplar escenas filantrópicas tras las hojas oscuras del brezo, a escondidas. Escuchar el ulular del búho y el gemir de las tórtolas. Acariciar la nuca desnuda e imberbe de un príncipe de otro reino y sentir la perturbación y el pálpito que procura recibir el imperceptible roce de una desconocida mano tácita y tibia. Beber el agua fresca que mana de una fuente. Trepar a una higuera para abrir de forma golosa sus frutos, cerrar los ojos y disfrutar del dulzor de sus diminutas semillas al abrirlos.


Compendiosas, esas figuras lánguidas y delicadas, paridas con el grácil trazo del artista, reúnen la espiritualidad y fuerza más vigorosas dejando entrever los visos de un romanticismo preciso y precioso, atravesando el ojo del espectador con el humilde sometimiento y la misma escrupulosa prudencia que caracterizaban a Hermógenes, en Memorias de Adriano. Pero también con una poderosa raigambre. El aspecto bifacial, la doble perspectiva, el punto de mira duplicado o la doble lectura, constituyen una eficaz paradoja. Igual que lo clásico se entronca con lo nuevo para, mutuamente, fecundarse.


Dibujos que hablan en silencio. Rostros que expresan a través del hieratismo todos los gestos posibles y las sensaciones más viscerales. Situaciones que se desarrollan entre ecos de composiciones rítmicas o apenas melodiosas, pero de suma importancia para la escena. Porque tal vez esos parques tradicionales por donde campan habitantes con reminiscencias tudescas, griegas o italianas, no conformen espacios abiertos desprotegidos, sino lugares arropados por un cielo imaginario donde, insisto, quiero pensar que habitan los príncipes pálidos que, a veces, nos engañan como los almendros cuando florecen en las primaveras prematuras.

Javier Ubieta