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lunes, 27 de febrero de 2012

El "Hasta luego" de Lucio Chiné.



Cuando Jorge Valdano era director del Real Madrid dio, en una entrevista, un sonado titular que decía: “No es decente hablar de las ausencias”. Yo hice mía la sentencia para utilizarla en las mismas ocasiones en las a uno le conviene recurrir a un refrán. En este caso, además, desconocía el contexto en el que Valdano ubicó la frase. Me daba lo mismo. Simplemente me gustó: “No es decente hablar de las ausencias“.



Esta mañana, mientras desayunaba, he leído el “status” de alguien que anunciaba un paréntesis en su tarea feisbuquera y bloguera. Lucio Chiné se despedía con un breve post que titulaba “Hasta luego”. Una despedida ciertamente triste para los que seguimos sus crónicas con fruición y admiración incondicional. En cuatro párrafos ha explicado sin ningún retal sobrante sus porqués. Como siempre.



Cuando nació “disturbingcodes“, yo estaba convencido de que sería un blog dedicado por completo a la moda. Y vi que no. Me dí cuenta enseguida de que mi interés por el fashionbizz había tenido sus años de euforia, de fetichismo, de obsesión, pero que ese lugar importante que hasta entonces había llenado horas de estudio, y dedicación se había esfumado en gran parte. Además tuve clara la riqueza intelectual de individuos preparadísimos y con un bagaje cultural tan amplio e inabarcable que cualquier aportación que yo pudiese hacer, siempre sería una partícula mínima dentro de una molécula perfectamente construida y documentada.



Ni siquiera levantaba cuatro palmos del suelo cuando me quedaba pegado al televisor viendo los desfiles de moda de Paris, Nueva York, Londres y Milán. Perderme los de Alta Costura de Dior, Yves St. Laurent o Lacroix, era pecado. Todo mi entorno estaba pendiente de grabar los reportajes y las noticias en vídeo, para no perder ripio de lo que ocurría durante aquellos días. Primero, fueron las casetes Betamax y luego las VHS. Tesoros analógicos que satisfacían mi ansia de conocimiento ubicada en aquella lejana galaxia.



Desgraciadamente, la vida no es sueño, y aunque debamos vivir en una realidad incontestable, lo cierto es que la ilusión, la fantasía y la magia, tienden a desaparecer, a esfumarse. La marca por la marca, la industrialización, la materialización de conceptos que antes eran sueño. Cifras, sociedades, grandes fortunas que llevan la batuta de las grandes marcas del imperio de la moda… Las costuras se han hecho visibles. El forro ya no está oculto, y la cremallera va vista. Nada es lo mismo. Las casas de costura cambian de diseñador con la misma frecuencia que David Beckham de slip. Un sinsentido.



Desde la muerte de McQueen, mi ilusión por los desfiles ha desaparecido casi por completo. No está Yves Saint Laurent, no está Christian Lacroix, no está Lee… Y ahora no está Lucio Chiné para poner los puntos sobre las íes. Ese paréntesis que hoy ha decidido abrir, no se cerrará -estoy convencido-. Solo hará falta reorganizar los elementos de un conjunto que es un caos, que no emociona, que es clónico, y dejó a un lado la fascinación, la pasión, el arte de lo bello, la sorpresa…



Monsieur Chiné, hágame un favor, vuelva pronto. Y mientras tanto, le recuerdo aquello que decía James Joyce: “La ausencia hace al corazón más joven”.

martes, 21 de febrero de 2012

Zona videovigilada.




Madrid. Ortega y Gasset. Boutique Valentino. Probadores.



Me atienden tres chicas morenas de idénticas dimensiones y similar expresión de rostros -la que prueba (italoamericana) , la que sugiere (española) y la que trae las prendas que, de espaldas, es calcada a la anterior (rusa) -. Busco un vestido negro corto y vaporoso, escotado en el pecho, y sin mangas. Hoy ha sido el primer día que he podido interferir de manera razonable con el desempeño de mi trabajo como abogada. Mi trastorno me ha tenido apartada del mundo que percibo como intimidatorio, ofensivo y hostil.



Mientras me pruebo, me concentro en las dos cámaras de seguridad que observan constantemente desde el techo, y percibo de forma permanente y obsesiva, cómo sus miradas, de talante rígido y persecutorio, deciden qué me sienta mejor. Lejos, en mi ensimismamiento, oigo el murmullo de la conversación entre las tres mujeres, que hablan sobre la profundidad de los pliegues de un vestido negro de escote drapeado y espalda descubierta. Les digo que quiero probármelo. Pido que me dejen un momento sola y me traigan un vaso de agua con hielos. Tengo la tensión baja y estoy nerviosa.



Me imagino un set de cámaras que capta cada segundo mis movimientos, atravesando las pesadas cortinas del probador, mientras me desnudo por completo. E intuyo esas imágenes comprimidas y proyectadas, a través de unos sofisticados sistemas de video vigilancia digital, en una pantalla gigante. Me siento vulnerable. Y mi miedo regresa. Tengo los pezones duros por el frío del aire acondicionado, me duelen con el roce de la tela.



Salgo del probador. Me quedo con el vestido negro de escote drapeado, espalda descubierta y pliegues profundos. Pago. Miro arriba. Las cámaras han cambiado de posición. Me siguen. Cojo la bolsa. Me voy. Saco las llaves del coche. Abro la puerta. Me siento. Dejo la bolsa en el asiento del copiloto. Cierro de un portazo. Miro alrededor. Arranco. Maniobro. Enderezo el BMW. Conduzco a más de ochenta por hora por la calle Velázquez hasta llegar a mi garaje. Zona vigilada. Dos camaritas, una a cada lado del portón de entrada me miran. Me suelto el pelo. Sacudo la cabeza. Me duele. Siento alivio al mirar cómo se cierra la puerta detrás de mí. Reflejada en el espejo retrovisor. Aparco. El ascensor me espera. Sube. Abro la puerta.



Y antes de cerrar, oigo un sonido siseante que proviene del monitor que vigila las cuatro puertas de los cuatro apartamentos de la cuarta planta. Un monitor dividido en cuatro cuadrículas, que enfocan cada una da las puertas. La 1. La 2. La 3. Y La 4 -la mía-. Y me veo mirándome a mí misma, en blanco y negro, con mi bolsa de Valentino en la mano, la puerta a medio cerrar y una figura estática detrás de mí. Y, sin querer, chillo. Es mi propia silueta reflejada en el espejo la que me ha asustado. No aparto mi vista del monitor hasta que el ángulo del borde de la puerta con el umbral es cero. Estoy en casa pero no sé si a salvo. Necesito hablar con mi psiquiatra. Mi trastorno obsesivo-compulsivo ha regresado. Ellas -las cámaras- han venido con él.



Mi agenda. ¿Dónde coño está ahora mi agenda…?












jueves, 9 de febrero de 2012

El anillo perfecto.



Estoy de rodillas, de espaldas al sofá, desnudo, en el suelo. Me incomoda la quemazón que me producen los nudos con los que está tejida la lana de la alfombra. Ella permanece en pie, frente a mí, dando la cara a su colección de cornucopias de mil tamaños, multiplicando su imagen en la pared hasta el infinito. De cuando en cuando, aparta la mirada de su reflejo y busca con sus ojos, desde allá arriba, el centro de los míos, que la observan como a un ídolo.
 
La lámpara de pie que intenta iluminar el salón, dibuja la sombra de las seis barretas de dos de los candeleros tan larga y esbelta, que discurre por la mesa y se proyecta en su abdomen, como una hilera de finas cinchas desdibujadas que ciñen su cintura. El olor a cera, el cálido resplandor de las velas y la llama temblorosa que deforma mi sombra penitente, me excitan tanto como el ombligo que tengo ante mí.

 

Justo alrededor de esa cicatriz hundida, que rompe la uniformidad de la imagen del plano corto que capta mi vista, comienzo a depositar besos apenas ruidosos, apenas húmedos y perceptibles. Y, con las manos acomodadas –no apoyadas- en su pelvis, conformo un sacramental anillo de eslabones que desprenden el aroma de algún escaso resto de mi saliva antes de que se evapore. Y guardo la certeza de mantener atada a mi presa, aunque quien tenga el poder de la escena no sea yo. Y mientras me mira, comienza, con voz firme, una frase que no acaba.
 
“Y tú…”
 
Y comienzo a lamer despacio esa curva cerrada que rodea su cintura. Me sabe dulce, luego más salada, de nuevo dulce… Recorro de nuevo el mismo trayecto de antes, hincando más mis rodillas por no apretar las manos para sujetarme en su cuerpo. Y siento la textura rala de su ombligo. Y me afano en que el anillo que dibujo sea perfecto.


“…eres…”


Y el deseo me ciega. Y ya no veo sus ojos. Solo siento su vello erizado. E imagino el mundo carnal que vive escondido bajo la piel. Rojo, henchido de sangre, de materia muscular tensa, de delicadas arterias que transportan un elixir que bebería hasta ahogarme, hundido sin escrúpulo en el calor de su estómago, mordiendo con gula sus entrañas, y relamiéndome mientras me abro paso entre exquisita carne cruda y caliente, sin parar de comer, cortándose mi respiración hasta morir de hartazgo entre sus riñones. Deleitándome.


“…mi Príncipe”.


Con todo mi amor, mi respeto y mi más profunda admiración, para Cecilia Quílez.













miércoles, 8 de febrero de 2012

ARKITEKTONIRIKA




La pasión de Igor Odriozola por las Bellas Artes, ha ido, con el paso del tiempo, creando una irreversible y apasionante querencia hacia el uso del tropo para embellecer lo feo y afear lo bello a su antojo, sin pudor y con una ostensiva destreza, difícil de explicar solo a través de palabras. Sus (más de) cinco sentidos pelean por construir una estrategia perfectamente reflejada en una silueta con forma de manifiesto personal inabarcable. Porque el límite de sus inquietudes tiende a infinito.
 

A pesar de todo, es capaz de restringir su incesante actividad ideática y someterla a unos cánones muy precisos y perfectamente reglados con un tempo riguroso y cabal. Una inquietante paradoja, si tenemos en cuenta que todo lo que comunica a través de su personal lenguaje conjuga aspectos estéticos, documentales o históricos completamente intemporales.


Su intachable trayectoria profesional centrada puramente en la tecnología, no ha sido un impedimento a la hora de emprender aventuras a través de senderos nada secundarios, sino rotundamente complementarios y naturales. Proyectos vinculados por sus pensamientos más creativos. Ésos en los que se desvelan obsesiones, paradigmas, deseos, pesadillas o perennes metas a lograr.


Afortunadamente, a finales del año pasado, se retó a sí mismo a través de un proyecto iniciático en el que enclavó muchas de sus filias. Nació entonces un blog ante cuyos textos e imágenes nadie puede permanecer indiferente. Muy lejos del distanciamiento analítico o la frialdad de la técnica a la que tanto está acostumbrado, con arkitektonirika, Odriozola vuelca historias que visten textualmente imágenes de ensueño, reinterpreta estructuras magníficas y poéticas y subvierte -respetuoso- el “pie de foto”, transformándolo en un destacado e inspirado coprotagonista que arropa la carga documental de cada post.


La meticulosidad con la que aborda cada semana su actividad bloguera, le obliga a adoptar y mantener esa íntima pulcritud con que domina la caricia de la literatura de sus textos, cuidados hasta lo más profundo, de forma endoscópica. Navegar entre las imágenes y las letras de arkitektonirika es situarse en una atalaya y enunciar en silencio, con la vista, una aporía que desdibuja el horizonte lejano y lo transforma en una turbia frontera entre dos campos de actuación que se diluyen en torno a una sinuosa barrera soñadora.



domingo, 5 de febrero de 2012

Makeover. Madness. VOGUE 2005.



Liftings, mamoplastias, liposucciones, rinoplastias, dermoabrasiones, blefaroplastias, cantopexias, implantes…

Esta semana alguien me “reclamaba” una vuelta al pasado momentánea dentro del blog, un pequeño apunte recordatorio de aquel tiempo en que consumía con una fruición -que hoy considero casi escandalosa- decenas de publicaciones de moda mes a mes.

Como en este cuaderno de bitácora, siempre habrá sitio para todo, y porque la moda me ha fascinado hasta límites extremos, y lo sigue haciendo, he rebuscado entre revistas y archivos y he elegido, de entre muchas maravillas, un "edito" de 2005 firmado por Steven Meisel para Vogue Italia. Un guiño a la obsesión por la cirugía estética representado por la elegancia inalterable de la supermodelo Linda Evangelista.

Bisturís, tijeras, apósitos, pinzas, mascarillas, cánulas de succión y aguja e hilo. Todo preparado para un cambio de imagen. Ya pueden venir a buscarnos la maleta, el quirófano está preparado y, por esta vez, se rinde a nuestras normas estilísticas.

Vamos a retocarnos… Da igual. Lo que sea