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domingo, 20 de mayo de 2012

Solo






Justo cuando las puertas de titanio del ascensor se cerraron, supe que mi corazón había muerto. El ruido que produjo el metal al chocar con la cabina sonó como una angarilla de patas plegables introduciéndose en la cárcava de una morgue y tuve la certeza de que no podría resucitar jamás. Yo mismo me había encargado de la cesación de su latido, pero aún sabiéndolo terminal, nunca quise imaginármelo cubierto con una mortaja. Fue mi gélida imagen reflejada en el espejo, con el gris de fondo, en aquel cubículo, la que anunció mi catalepsia definitiva y la esfumación de los pocos sentimientos que aún era capaz de experimentar. Incluso el dolor, que había seguido haciendo mella, había expirado. Había arrastrado las paredes musculares de la víscera por caminos de piedras afiladas y suelos de grava, por profundidades abisales y fangales putrefactos. Había elegido las cuchillas mejor afiladas para filetearla y luego introducirla en líquidos deletéreos. Pero la sangre, aun negra y corrompida, seguía brotando. Congelé hace tiempo mis fuerzas y mi respiración, para que la agonía fuera un amargo sufrimiento. Pero ni ese cortante azadón consiguió tener compasión de mí y librarme de la amargura del dolor. Hoy, al irte, he sentido frío en el pecho, pero el duelo ha sido breve y, de camino a casa, mientras me clavaba y retorcía un cuchillo entre las costillas, he comprobado que los destrozos y los quebrantos habían consumido el poco oxígeno que me mantenía. Aun así, la acidez de tu marcha me ha ahorcado despacio con lazos de odio. Ahora, el silencio se hace más opresor según el ascensor sube y agrava mis ganas de que los flejes cedan y caiga con la gravedad. Pero al mismo tiempo, lo que más deseo es quemar el crespón que me venda los ojos, darme un baño de agua caliente y reflexionar, mientras fumo un pitillo asomado a la ventana, sobre si merece la pena seguir muerto.


Texto: Javier Ubieta