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sábado, 30 de junio de 2012

Javier Ubieta para ANTONIAMAG (III)





De nuevo, ANTONIA MAGAZINE me honra con publicar uno de mis textos, "Los finales".  Como siempre, Mabi Barbas y su [grandioso] equipo, han vuelto a fabricar una máquina delirante de contenidos cuidadamente escogidos que se encierran detrás de una portada con olor a noche de verano. Gracias, una vez más. Un millón de gracias por hacer de "Los finales" algo mucho más especial que un relato.

http://www.antoniamag.com/libros/los-finales-por-javier-ubieta



lunes, 4 de junio de 2012

Armando de la Garza.



La coherencia evolutiva como revulsivo vanguardista de ruptura con las tradiciones más arraigadas, vincula a Armando de la Garza (Monterrey, 1973) a una constante inmersión en su imaginario, que se alimenta de los procesos eclipsados por reconsideración, de la doble lectura, de la identificación no inmediata o de las falsas apariencias. En su empeño por criticar la hipocresía de ciertos roles y normas sociales, construye artefactos que colisionan con lo formal y lo conformista, y que conglomeran un trabajo absolutamente notorio y de excepcional visualidad narrativa.


Las obras que Armando de la Garza nos presenta en “La Filosofía en el Tocador”, “Venus” y “Congenitus” pisan por un camino construido como un aledaño -o tal vez como una continuación- que sigue la dirección de los sedimentos que dejara “Naturaleza Muerta”. Pero aquí, el artista desobedece ciertas normas que marcaron la territorialidad de su propio juego (sin, por ello, modificar su ideología), e incorpora a su discurso elementos de múltiple interpretación e inspiración ambivalente. Son nuevas líneas ejecutorias que no hacen sino enriquecer una reflexión firme materializada en piezas siempre sorprendentes.


En “La filosofía del tocador”, el artista se vale de una relación sinestésica para presentar tocadores y lechos (que se incluirán también dentro del concepto de “tocador”) “abodegonados”, más o menos mundanos. Y celebra esta exhibición con una densidad y una luz tan delicadamente intensas, que exigen al receptor una atención especial y singular porque los elementos se saben acreedores del protagonismo que generan. Son espacios que rompen con las tradiciones más esquemáticas o representativas del clásico boudoir. En algunas ocasiones, la intrusión espacial del tocador es un all over conformado por piezas de toda índole, muy cercanas a lo humano y también a lo artificial. Y justamente ahí, en ese complejo conjunto de almohadas, pieles de animales disecados y sábanas arrugadas, podrían haber tenido lugar escenas pintadas por Henri Gerveux o Giacomo Grosso. Incluso los tocadores más recargados, faltos de aire para respirar, podrían coexistir en las escenas de dormitorio, festines y tertulias, cercanas al lecho de María Antonieta en la Francia del XVIII.


En otras obras pictóricas de la serie, la cosmología de la escena, se presenta a través de una “ciencia” mucho menos compleja en un primer vistazo. El tocador se siente más despejado porque el artista desea permitir el diálogo entre estructuras, y el protagonismo se reparte entre componentes dentro de un mismo territorio en el que hay siempre un elemento que destaca. Se “privatiza” el espacio del tocador, al igual que se privatizara el espacio de la cama en el siglo XX, para hacer desaparecer cualquier tipo de actividad de debate o jolgorio. La privacidad se torna concepto clave de la modernidad y respeta la regia presencia de la pieza en sí. Aquí, todo protagonismo está asumido y absorbido por dos términos, recordemos: el tocador y su filosofía. Y, de hecho, los objetos escultóricos de la serie, confieren a ésta un código altamente ambiguo y perturbador por la jerarquía en que se encuentran (máscaras antigás adornadas con pelo natural y cristales, porcelana o herrajes; un caparazón de armadillo del que brotan mangueras de látex a modo de arterias gigantes…)


En todo caso, los elementos tanto de la obra pictórica como escultórica, son trechos de vida (re)producidos para cubrir la necesidad de permutar las interpretaciones a que da lugar toda esa filosofía madura, exhibida y multicultural que envuelve la inercia del tocador. Lo interesante de la ubicación, desubicación y reubicación de elementos es la “manipulación sensorial“ a través del recorrido intelectual que el espectador efectuará a través de las obras.


Congenitus”, por su parte, se apropia de los elementos “embellecedores y terribles al tiempo” que forman parte de los bodegones de la serie “Filosofía en el tocador”, para crear una acción performática a su través. Se asiste, con sorpresa, a las “deformaciones” que sufren unos sujetos de apariencia común, pero (trans)mutados al decidir -o verse obligados a- engalanarse. El resultado no deja de ser turbador. Presenciamos cómo sujetos pasivos casi uniformados bajo unas “reglas del vestir” aceptadas, permitidas y bien vistas, se someten a extrañas desfiguraciones experimentales que desfiguran su imagen por ese enmascaramiento que nace, precisamente dentro de las normas filosóficas del tocador, de la mixtura entre opuestos, a través de un choque de confusión brutal que no hace sino desubicar a quien mira. Parece como si el artista se ensañara con el “sujeto disfrazado” y la frase de Lawrence Weiner fuese aquí casi un leitmotiv: “Todo arte proviene de la ira”. Nada más lejos teniendo en cuenta que la pretensión de descontextualización tanto de objetos como personas no es sino una esperanza de cambio e integración para unir dos conceptos enfrentados y para educar la compleja maraña socioeconómicocultural y anhelar una distensión entre posturas opuestas.


En la serie “Venus“, Armando De la Garza presenta deidades hegemónicas vilmente mutiladas por antojo de la mano del artista. Exquisitos personajes desprovistos de rostro o extremidades, con malformaciones o minusvalías, representantes de un rol que convive con la ostentación de un rango de preeminencia con el que difícilmente puede concebirse como asociable. El artista ha mutado el nombre “Venus”, cambiándolo de género para bautizar una serie de imágenes masculinas que domeñan su cuerpo a la desprotección, a la desnudez, al solo atavío de una mantilla de encaje, de elementos de la imaginería sadomasoquista o de un calzado de tacón. Dioses que y guardan el equilibrio y - sorprendentemente- caminan con estática decisión- sobre bellos lechos que codifican un mensaje de libre interpretación, utilizando unas poses tan anatómicamente perfectas, que ponen en jaque el control y las limitaciones físicas y mentales. Pero, al mismo tiempo, las criaturas que conforman Venus y que emergen o se posan en esos escenarios casi religiosos, no dejan de pertenecer a una categoría de seres estereotipados, cuyo comportamiento no es la ciencia la encargada de interpretar, sino el sujeto que observa la obra. Aun con tintes, actitudes y temperamentos absolutamente opuestos, no me resisto a la comparar la belleza de la obra de Armando de la Garza con algunos retazos de la de Joel-Peter Witkin, cuyas complejas y transgresoras composiciones han tenido que tolerar el vilipendio de la opinión pública por su particular visión y sensibilidad. Las inspiraciones de “Venus” son interminables y, de pronto, podríamos imaginar a esos seres fabulosos campar por el mismo Hospital Psiquiátrico por el que paseaba Alice Gould en la novela de Torcuato Luca de tena, Los renglones torcidos de Dios, disfrutando de un atardecer o ya llegada la noche. Preguntémonos ahora si, tal vez, esas malformaciones bien entendidas, son o no fruto de la manifestación en contra de los austeros protocolos que vinculan de forma directa al macho con lo masculino y a la hembra con lo femenino dentro de un paradigma de indefensión o de deseo.


Decía Confucio: “Cada cosa tiene su belleza pero no todos pueden verla”. Sin duda, lo más interesante de esa cualidad, la de la belleza, es que sea interpretada una y mil veces de distintas formas para que la consideremos, como a la obra de Armando de la Garza, como la expresión de una invención múltiplemente entendida y pretendidamente constructora de un lenguaje atemporal, universal y un tanto complejo. De esta forma, cabrán infinitas visiones, siempre cargadas de una potente actitud ética ante un arte alterante que ofrece la impagable posibilidad de ver el mundo de forma mucho más amable, mientras arrancamos de nuestra intimidad más profunda nuestro yo real.


Texto: Javier Ubieta

viernes, 1 de junio de 2012

Los finales







Sabía desde hace tiempo que nuestra historia terminaría pronto, pero el principio del fin se precipitó mucho antes de lo que yo hubiera pensado. Eran las siete de la tarde del sábado, los días de abril estaban discurriendo tan cálidos, delicados y luminosos que invitaban a aprovecharlos hasta el ocaso. Yo permanecía estática, apoyada en la baranda del balcón, mirando fijamente al lago del horizonte. De fondo sonaba la trompeta de Miles Davis. El aire olía como a uvas. Fingí no escuchar su pregunta.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar?

Llevaba semanas planteándole mis argumentos e intentándole hacer saber que tenía que estar sola para concentrarme, que la primera semana de Junio tenía que entregar al editor el primer borrador de mi novela y que necesitaba respirar la tranquilidad que siempre hallaba en nuestra casa de Pedraza. La realidad se convirtió en una excusa perfecta para huir de Madrid. Pero, como siempre que manifestaba mi deseo de estar sola, él se aferraba a aquellos sentimientos del pasado que el tiempo nos arrebató antes de lo previsto, antes del “para siempre” que un día nos juramos. Se extrañaba, me hacía mil preguntas, insistía en que el piso de Madrid era amplio, en que yo pasaba mucho tiempo a solas y que no entendía el porqué de mi empeño en estar “aislada” en Segovia, sola. El proceso se reproducía siempre de forma idéntica: la desazón de la rutina me asaltaba, yo manifestaba unos deseos que él no comprendía y discutíamos sin prestarnos atención hasta cansarnos. Dialogar era una imposible y callar ante su cerrazón se convertía en un ejercicio de autocontrol mastodóntico teniendo en cuenta mis ánimos más que fermentados.

-¿Quieres salir a dar un paseo antes de cenar?-repitió.

Ese viernes, a mediodía, me limité a pronunciar un tajante “No entiendes nada”. Preparé la maleta despacio y me despedí con un “Te llamo al llegar”. Cerré la puerta, entré en el ascensor y, ya en el garaje, y con una insana sensación de libertad, arranqué mi coche rumbo a Pedraza.

El sábado, azul y exultante, madrugó conmigo. Me di una ducha de agua hirviendo y fui desnuda a la cocina a prepararme una ensalada de frutas. De pronto, el motor de su coche rugió rompiendo el silencio con el había despertado. Una vez más había aparecido por sorpresa, entrometiéndose en mi quietud, sin respetar mis palabras, amputando mis deseos, como un absurdo activista intruso manifestándose en contra de mi bienestar, rompiendo mi calma a golpe de provocación. Entró en casa dejando caer un ligero “buenos días” al que respondí dándole la espalda, mientras caminaba hacia el cuarto de baño a por mi quimono. Ante sus ojos, no me sentía desnuda sino desprotegida. Me senté a desayunar. Él se sabía no aceptado. Me conocía bien y la especulación no cabía ya en un escenario corrompido por la tediosa costumbre y el respeto artificial. Pero aun así vino a pasar el fin de semana. Me lo dijo su bolsa de viaje. No sé qué hizo el resto del día, yo me encerré a escribir en el despacho, en la planta de arriba de la casa, pero estaba desconcentrada. Recurrí a mi escaso poder mental para aprovechar el resto del día apuntando a mano frases inconexas, palabras sueltas, reflexiones que me ayudaran a dar coherencia a un algo que no conformó nada.

Hacia las tres salió a comer, y yo aproveché para echar la siesta. Regresó pronto y me despertó, pero seguí recostada en el butacón del despacho, escarbando en mis fracasos y pensando en cómo mi marido se había convertido en un pariente lejano. Mi mal talante había cedido espacio a la decisión. Salí al balcón a fumar un pitillo.

-Te estoy preguntando si quieres salir a dar un paseo antes de cenar- insistió, prudente y tierno.

Entonces me di la vuelta y le dije que sí, que me esperara abajo. Fui a mi dormitorio, me recogí el pelo en un moño bajo improvisado, me maquillé ligeramente y me puse un vestido blanco largo de algodón y cogí un chal gris claro de punto fino para taparme los hombros. Até las cintas de mis sandalias de lino y cáñamo y me miré al espejo. Me sentí guapa.

Solíamos pasear siempre por el camino empedrado que iba a dar al lago. El paseo era bonito y tan rectilíneo que parecía una pasarela natural infinita. Una fina brisa del sur nos envolvió y barnizó de sosiego y quietud el camino. En un momento asió mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Entonces, yo sentí alfileres y quise evitar los pinchazos, pero resistí el dolor con fortaleza. E imaginé una mano abierta, llena de canicas. Y vi cómo esa mano se cerraba y se levantaba para coger fuerza, y lanzaba las bolas de cristal contra el suelo, con rabia. Y oí cómo rebotaban en el suelo y entre sí, una contra otra, una y otra vez, estremeciendo la nada, haciendo un ruido ensordecedor, llenando de entropía la quietud y hundiendo en el desequilibrio la tranquilidad imperfecta y fingida que nos acompañaba. Y supe que aquel sería nuestro último paseo. Lo nuestro estaba roto en millones de pedazos con forma de canica.


Texto y Foto: Javier Ubieta