DISTURBINGCODES

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jueves, 16 de agosto de 2012

Good night, Prince Ward.





Abro la puerta, entro y pienso que todo aquello es fascinante. La suite del hotel está helada como una tumba, huele a flores y todo es blanco. A mi derecha, el espejo del recibidor me da la bienvenida junto con un par de tibores rebosantes de peonías. Me incomoda que no estén colocados de forma simétrica con respecto al centro del espejo, en las antiguas columnas fasciculadas de mármol, a media altura, sobre la alfombra cuadrada en la que reposan. Delante, una mesa de madera de cerezo sirve de apoyo a una bandeja de plata. Encima, una cubitera con champán a enfriar, un cuenco de arándanos azules, otro de frambuesas y unas brochetas de piña acompañan a un sobre blanco. Dentro, una nota. “Te espero luego. Recuerda, Fleming St., 44, 2º sótano. Procura descansar, la noche será intensa. Luego te veo”.


Levanto mi reloj hasta que casi toco la punta del pitillo y entonces aspiro con fuerza para poder ver qué hora es. Tengo tiempo para darme un baño, comer algo y acabar con la botella de Armand de Brignac, mientras el servicio de planchado me trae la ropa. Esta noche, Manhattan recibe con discreción y secretismo, en uno de los barrios más exclusivos, la actuación del deejay Tiga en una fiesta que reunirá a modelos, actores y directores de cine, famosos dedicados al showbiz, y chaperos y putas de alto standing.


Estoy cansado y siento un desagradable hormigueo en los brazos. Me dejo caer en una butaca orejera del amplio salón, apurando mi cigarro y me entretengo, desde allí, en contemplar a través de la pared de cristal, la fusión de colores del cielo de la ciudad al atardecer. Y cuando todo es una mancha azul, casi negra y doy por terminado el lento espectáculo, me levanto a descorchar el champán y bebo a morro con fruición. La fuerza de las burbujas pelea con mi garganta e inmediatamente reconozco el sutil aroma de la pinot noir. Y bebo de nuevo.


Me desnudo de camino al baño, esparciendo la ropa por la moqueta. Los ojos me pesan. Me pesan también las piernas y los brazos. Noto mis manos hinchadas y palpitantes. Y, apoyándome en uno de los lavabos, me miro en espejo de aumento. Creo ver cetrino mi tono de piel y las ojeras reflejan fatiga. Cierro los ojos y, cuando los abro, la imagen que veo se borronea. Parpadeo rápido de nuevo y toco el cristal como para asegurarme de que sigo allí. De pronto, siento una hoguera en el estómago, ganas de vomitar y demasiado frío.


El anochecer ha avanzado de puntillas hace más de media hora y escucho al mozo traer mi ropa. Toca a la puerta pero grito que la deje fuera colgada en un galán de noche. Regulo la temperatura del aire acondicionado y, de vuelta al cuarto de baño, cojo la botella de champán y me llevo a la boca un puñado de arándanos y otro de frambuesas. Me siento desnudo en el suelo de pizarra y observo las manchas que las frutas han dejado en la palma de mi mano izquierda y en las líneas que ha dibujado su tintura. Entonces me pongo en pie, y golpeo contra el lavabo la botella ya vacía de champán, que se rompe en solo en seis trozos. El cuello y la base quedan intactos y cuatro pedazos irregulares ensucian la blancura de la pila. Escojo uno de los trozos con forma de trapecio y, con fuerza, escarifico la palma de mi mano izquierda, siguiendo las coloreadas líneas que la adornan, sin dolor y con firmeza. Y escribo con una caligrafía muy irregular la palabra “SOLO”. Luego me aprieto con fuerza la muñeca y hago sangrar las letras, que se diluyen en una mancha que gotea y se cuela por el sumidero del lavabo.


Suena el teléfono. Me avisan de recepción de que un coche negro me espera en la parte trasera del hotel, justo al lado de una de las salidas de emergencia. Me lavo la herida, la seco y la cubro con un pañuelo blanco de bolsillo. Cojo la ropa, me visto de negro, me anudo al cuello un pañuelo de seda que huele a Ho Hang y, calzado en mis botines y enguantado en mis mitones, abro la puerta de la habitación con un profundo dolor en la mano. Me miro al espejo y pienso en mí. Quisiera dormir pero me esperan en el sótano 2 del número 44 de la calle Fleming. Y justo antes de cerrar la puerta, me despido de nadie en voz baja. “Good nigh, Prince Ward”.


Texto: Javier Ubieta
Con todo el amor para Prince W.