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lunes, 3 de diciembre de 2012

Punta Galea

 
 
 
 
 

Mi madre siempre contaba que, al poco tiempo de tenerme, una anciana se le acercó una tarde en la que me paseaba de camino a casa y le dijo con la frialdad del hielo que un bebé tan hermoso como el suyo no era para esta vida. Esa noche me tranquilizó excusar mi muerte imputándola a aquel vaticinio.
 
Recuerdo haber tardado horas en maquillarme sentada, tranquila, en la butaca del tocador del baño. Recuerdo también haber ordenado uno a uno los cosméticos y los pinceles en línea recta, ocupando dos filas a lo largo del mueble. Entre el primero -un tónico facial calmante- y el último -un cepillo para las cejas-, conté hasta cincuenta y tres.
 
Siempre que ponía un empeño especial en maquillarme, ansiaba el momento de llegar a mi dormitorio, encender la luz y mirarme en uno de los espejos de cuerpo entero del vestidor. Uno en cuya parte superior se ubicaba un foco de luz tenue que reflejaba su brillo en la pared de enfrente que, a su vez, emitía un suave halo que desvanecía la claridad directa y procuraba una especial calidez desdibujada a la piel, convirtiéndola en porcelana.
 
Puedo decir sin miedo a parecer vanidosa que me sentí la mujer más guapa del mundo allí, casi desnuda. Pensé que te necesitaba, decidí que mi vida después de tu muerte había dejado de ser bonita, comprobé que no había olvidado perfumarme las muñecas y metí en el bolso las llaves del coche antes de hacer nada. Luego, me puse unos vaqueros, unas botas de tacón alto y el jersey negro que llevabas la noche del accidente. Me solté la coleta, me sacudí el pelo, le di volumen con las manos, cogí el bolso por la bandolera, dejé la luz encendida y cerré la puerta despacio, como si fuera de madrugada, sin hacer ruido, sabiendo que no volvería más.
 
Conduje hasta Punta Galea a la velocidad del rayo, sin pensar en nada y, al salir de la autovía y entrar en la carretera comarcal, reduje para no morir antes de tiempo en una de las curvas. Cuando llegué al acantilado llovía. Aparqué el coche de frente al mar, aunque hubiera dado lo mismo si lo hubiera hecho de espaldas, porque la noche era negra, y las pocas farolas de luz fluorescente hacían brillar tanto las gotas de lluvia en los cristales, que no se veía nada más. Fui consciente en el tiempo que dura un parpadeo, de que solo tenía que volver a poner en marcha el motor para que el coche cayera por el terraplén doscientos metros y fuera a empotrarse en picado contra las rocas del mar.
 
Se escuchaba el rugir de las olas y el fino ulular del viento sur. [Cincuenta y tres]
 
Comprobé de nuevo si me había perfumado las muñecas, saqué de la guantera un espejo y me miré. Estaba guapa y recordé “Tan hermosa que no es para esta vida“. Entonces, giré la llave y, cuando apoyé mi mano en el freno, reparé en que había olvidado pintarme las uñas. Cerré lo ojos, hundí la espalda en el asiento y pisé a fondo el acelerador mientras recordaba mis manos con las uñas sin pintar en ese mismo rojo de la sangre que te tiñó aquella noche en la que decidiste suicidarte exactamente así.
 
 
 
Texto y Foto: Javier Ubieta