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lunes, 4 de marzo de 2013

El vals de Scriabin



 
 




Miguel controló un largo escalofrío, similar a un reclamo, y sus ojos hundidos apartaron la mirada del doctor Cela que intentaba, perplejo, convencerle de que debía ingresar de forma urgente. Pero su actitud casi suplicante, solo sirvió para que Miguel terminara por encontrar sentido a la situación, así que consideró, dentro de su indefensión y debilidad, que quería quedarse a solas conmigo. Sin mediar palabra, el doctor recogió su maletín y, esfumando su gesto de desaprobación, se fue sin ni siquiera mirar atrás.
 
Fue entonces cuando Miguel, lúcido y demacrado, extendió su mano izquierda y me pidió que le ayudara a levantarse del sillón, que pusiera en el equipo de música un vals de Alexander Scriabin y que abriera las ventanas. Al agarrarme, sentí su translúcida mano tan fría, húmeda y arrugada, como si hubiera estado limpiando pescado, y recordé, en ese momento, la primera vez que bailé con él aquel vals, mientras me contaba al oído sus sueños prolijos sobre un futuro incierto pero que él imaginó siempre feliz.

Justo cuando se apoyó en mí y la música empezó a sonar, su cuerpo famélico resbaló contra el mío, tan lento y elegante como si realmente bailara. Antes de caer muerto en la alfombra, yo hinqué mis rodillas en el suelo y agarré su cara entre mis manos mientras le miraba pensando en lo injustos que fueron aquellos sueños y en la dignidad con la que escribió sus últimos días plagados de sombras, locuras y secretos inaccesibles. Y lloré.


Texto y Foto: Javier Ubieta

2 comentarios:

  1. Todos lloramos...
    Precioso, Javier.
    R. T.

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  2. Gracias, Ramón.
    Millones de gracias...

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