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martes, 12 de marzo de 2013

La clínica



 
 



Mentiría si negara que aguardaba impaciente el día de hoy. Los espacios serenos de mi vida, que nunca fueron muchos, quedaron reducidos a uno solo: las lecturas que servían de refugio a mi mente confundida y que le proporcionaban -solo a medias- leves destellos de paz. Todo lo demás era como vagar a la deriva. Los paseos por la arboleda, las conversaciones con alguno de los otros internos y las pocas visitas que me permitían, no ayudaban a asumir aquella situación, sino que empeoraban vivamente mi estado de ánimo. Según mis cuentas, habían pasado unos treinta meses desde mi ingreso en el hospital psiquiátrico, pero el último medio año me enseñó a coquetear con la actuación y aprendí a fingir con naturalidad mi falsa mejoría, hasta el punto de sugerir a mis médicos un cambio de habitación desde la que contemplar el fastuoso paisaje sin las rejas de seguridad de las ventanas.

El día que trasladaron mis pocas pertenencias a la habitación del fondo del último piso del edificio coincidió con el solsticio de verano. A media tarde, una enfermera me acompañó al nuevo habitáculo. Sentí más que nunca el éxito ejecutorio de mi sofisticada manipulación y callada burla. Escudriñé los colores verdes a través de los cristales, los de las frondosas copas de los árboles que vestían la fachada principal, y que dejaban ver apenas un trozo de mar azul, al fondo. Mi alta médica se firmó ayer por la tarde. Hace dos segundos que el silencio es denso, lo justo para concentrarme en la falsedad de mi vida y en el desastre emocional por el que se pasea mi dignidad entre barbitúricos.

Ahora estoy encaramado en un taburete alto, junto a la ventana. Escucho pasos que se acercan e intento acumular la sangre fría suficiente para que, en el momento de que alguien abra la puerta, yo me deje caer.


Texto y Foto: Javier Ubieta

2 comentarios:

  1. Muy barbietúrica, muy disturbing, muy ubieta, muy liberadora...

    Fuerte.

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  2. Y voló...
    Me la había dejado pasar dos días!!!
    R.T.

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