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lunes, 19 de agosto de 2013

Good night, Prince Ward (II)

 
 
 
 
 

El Mercedes se detiene frente al número 44 de Fleming St., que alberga un edificio residencial de más de cincuenta plantas, un moderno y esbelto volumen de piel acristalada que destaca en altura y estética con respecto al resto. Doy las gracias al chófer antes de cerrar la puerta. El viento frío disfraza la atmósfera y la hace parecer limpia. Me acerco a dos hombres de constitución hercúlea que van vestidos negro y que flanquean una estrecha puerta, anexa a la giratoria principal. De manera educada casi en exceso, me piden al tiempo la invitación. Extiendo el tarjetón al chico que está a mi derecha, le veo tachar mi nombre de una lista. Luego, me invita a pasar moviendo el brazo con gesto amable.
 

Dos puertas correderas metálicas automatizadas, se abren con mi cuarto o quinto paso a través de un pequeño pasillo de techo muy bajo, paredes de piedra, suelo de cemento y apenas iluminado. Y nada me hace imaginar la exuberancia del hall al que accedo. Se trata de un habitáculo en forma de cubo perfecto. El suelo es una composición de baldosas puestas a juego de damas en blanco y negro. En el centro, una magnífica alfombra, diseño de Alexandra Champalimaud, rompe la bicromía con unos arrayanes morunos de color verde vivo. Una mesa de madera oscura, sirve de soporte a un inmenso jarrón de vidrio mercurizado con docenas de rosas blancas de tallo largo. Del techo cuelga  una pesada lámpara de araña de cristal rojo de Murano. Y a izquierda y a derecha, dos tapices de los Reales Talleres de Gobelinos, que representan escenas mitológicas, decoran las paredes vestidas de muaré rojo. Allí quieto, de brazos cruzados y mirando alrededor, me ensimismo recordando el rojo de la sangre diluyéndose en el lavabo, y abro la mano estirando la piel contraída de la herida hasta volverla a ver de nuevo sangrar para comprobar que, en efecto, el rojo de las paredes es idéntico. Me lamo la sangre y trago saliva reconociendo el regusto metálico y salado mezclado con las notas amargas de Ho Hang.

 

Una pesada puerta de espejo craqueado separa este paraíso del infierno subterráneo. Al empujarla me inunda,  lejano, el sonido de la música. En la primera planta, el sótano 1º, hay poca luz y poca gente, así que, según me acerco a una de las barras en forma de herradura, un camarero me pregunta qué quiero. Pido un vodka con lima, que apuro en apenas cuatro tragos mientras trato de ubicarme para poder sentirme a gusto. Me seco los labios con una servilleta de papel y hago un gesto a otro de los camareros para pedir otra copa sin hielo y doblemente cargada. Y mientras bebo, me doy cuenta de que, justo ahí, estoy pisando un pavimento de vidrio que deja ver el 2º sótano. Sé que el anfitrión no estará, que sus detalles invitándome a la fiesta y adornando la habitación del hotel han sido puro protocolo e interés, pero aún así rastreo con la mirada las cabezas danzantes para distinguir algún sombrero extravagante como los que siempre luce, aunque solo intuyo una masa que podría ni ser humana. La pista está atestada por unas doscientas personas que han tomado la rienda del desenfreno más adictivo y bailan, solas, al ritmo del techno minimal y oscuro con ligeros toques de armonía que pincha DJ Tiga, el reclamo fundamental de la fiesta de hoy.

 

Me deshago el nudo del pañuelo del cuello porque empiezo a sudar y justo cuando siento el alivio de una leve frescura, la música se detiene, las luces se apagan  y se escuchan las primeras palabras sin fondo musical con las que comienza el tema After all the love is gone. Entonces, como un autómata, y así, casi a oscuras, decido bajar las escaleras de caracol e ir a bailar. El  emporio subterráneo huele a perfumes caros, sudor y moho. Me rodean hombres guapos, chicos jóvenes excesivamente delgados o muy musculosos y mujeres rubias, bronceadas, vestidas de primeras marcas. Nadie está sobrio. Todos ríen reflejando felicidad a través de sus dientes blancos. Bebo de un trago el resto de mi copa. Estoy triste y ligeramente borracho. Y soy incapaz de borrar de mi mente la palabra que dibujé mi mano, “Solo”. Solo, entre la multitud. Solo, en un mundo del que alguna vez creí apropiarme pero que nunca me perteneció. Solo, ubicado en una atalaya de papel mojado que se deshace por momentos. Y restriego mi mano herida sobre la superficie de una columna de metal oxidada, fría y húmeda. Y este frío me hace sentir de nuevo el frío que sentí al salir del taxi, el frío del hotel, el de la botella de champán y el del cristal. Y me recuerda al frío que tanto tiempo me acompaña sin otorgarle permiso alguno para estar conmigo. Y justo cuando bajo los párpados y el llanto lucha por emerger, mi pensamiento vincula sin voluntad alguna, pero con ímpetu dionisíaco mi presencia en aquel sótano con el rastro de mí mismo en la habitación vacía del hotel. Y quiero desaparecer pero sé que, tal vez, si regreso ahora, ese frío se haría aún más intenso porque la sangre fluiría más rápida y abundante. Es entonces cuando abro los ojos para mirar a alguno de los estroboscopios, cuyas luces intermitentes me repiten una y otra vez que me quede, que no me vaya, que pida otra copa. Y que baile.



Texto e imagen: Javier Ubieta
Con todo el amor, para Prince W.

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