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jueves, 31 de enero de 2013

Cala Salada

 
 
 
 



Aun habiendo escuchado mil veces que no le quería, Pablo le rogó por teléfono a Malena  una última oportunidad y le pidió quedar al amanecer en el mismo sitio en que se conocieron en el verano de 1996, el rincón empedrado de Cala Salada, justo donde la arena comienza a desaparecer y las olas rompen siempre apacibles. Ella no cesó nunca en el empeño de demostrarle que su historia no iba bien desde hacía mucho tiempo. Y se valió para ello de largos monólogos, escuchas interminables, gritos inútiles y lágrimas de hiel.
 
 
Esa noche, Pablo decidió poner fin a una lucha que, aunque nunca había dado por perdida, sabía que consumía las pocas fuerzas de Malena, y desgastaba sin piedad el cariño que se tenían. Supo que era el momento de pedir disculpas y la hora  de trazar un camino que les permitiera ser felices a ambos a partir de entonces. Lo que nunca imaginó es que, a la mañana siguiente, mientras el sol salía y él se adentraba descalzo en la arena, el cuerpo de Malena yacería sin vida junto al mar.


Texto y Foto: Javier Ubieta