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viernes, 31 de mayo de 2013

La carretera de la costa



 
 

Al contemplar el paisaje que quedaba entre los pies desnudos de Jaime, comprendí la sentencia de la soledad que se mecía entre nosotros, y que provocó que la noche anterior él me anunciara el fin de lo nuestro. Y aunque yo llevaba tiempo sin querer reconciliarme con una verdad definitoria, fingí ser inmune a sus palabras. A la mañana siguiente, el mismo día que abandonábamos la isla, le propuse alquilar un coche para recorrer por última vez la carretera de la costa. Yo conducía nervioso y callado. Él, miraba a través de su ventanilla el paisaje que dibujaba el camino que tantas veces habíamos trazado. Paramos en uno de los miradores de la montaña para escuchar el rumor de la espuma del mar y sentir el silencio del plano horizonte azul. Nos descalzamos y subimos la escalinata empedrada y, al alcanzar el semicírculo de mosaico roto y baranda oxidada, le pedí un abrazo, pero me respondió dándome la espalda y fijando la vista en el infinito. Cuando, por un momento, sus manos robustas se apoyaron en el frágil hierro, quise imaginar la calidez de ese último abrazo, pero apenas pude decir “Vámonos”.


Texto e imagen: Javier Ubieta