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sábado, 16 de agosto de 2014

La última cita






Y proseguí.

“Aunque mi temperatura corporal nunca suele ser baja, y  tras el episodio de gripe estomacal que había sufrido días antes, consideré que una fiebre superior a los cuarenta grados era motivo suficiente para llamar al servicio de urgencias que, tras pedirme los datos básicos, decidió enviar una ambulancia por la rapidez con la que la temperatura había crecido. Los dos médicos y el ATS que se presentaron en mi domicilio me hicieron las preguntas de rigor que tienen que ver con el consumo de alcohol o drogas, la alergia a algún medicamento o la existencia de alguna enfermedad crónica. Después de comprobar que tenía el interior de la boca completamente llagado, y hacerme las pruebas pertinentes, reflejaron en el Informe Asistencial  -con una letra torpe y discontinua- la probabilidad de que hubiera sido la estomatitis herpética la misma que me había causado la gripe a causa –tal vez- de una bajada de defensas, y anotaron con una “X” valores normales de presión arterial, azúcar en sangre, reactividad de las pupilas y pulso radial, entre otros. A las 14:05h del día 2 abandonaron mi domicilio advirtiéndome de que si la fiebre no cedía en un plazo de seis horas, llamara al 112 para trasladarme a un centro, insistiendo en el peligro de una subida tal en tan poco lapso de tiempo”.

La Doctora López de Ugartetxea me interrogó de nuevo sobre el episodio que tuvo lugar hace apenas un año y me dejó hablar.

“Es cierto que la urdimbre que fui remendando con mis ansias de superación en el día a día es aún frágil. No fue sencillo abandonar ciertas costumbres ni desprenderme de lazos que yo mismo  ataba a lo que creía una vida, sí, muy imperfecta, pero también plena y con trazas de evolución. Sé que mi cabeza siempre ha jugado un papel importante en la somatización de determinados síntomas pero –francamente- creo absurdo pensar en la posibilidad de que en esta ocasión haya ocurrido lo que usted pretende darme a entender. He tenido un periodo de intenso trabajo, muy poco descanso –como de costumbre, como desde hace ya tantos años- y sí, tal vez sea cierto que el agotamiento psicológico siempre puede más en mí que la fatiga física, pero la muestra de lo ocurrido la tiene usted aquí (y le mostré el interior de mi boca ulcerada). Y a mi edad, después de mil y un pautas, sigue siendo complejo bregar con mi exceso de actividad intelectual. Usted lo sabe”.

Entonces, cuando la doctora utilizó, como parte de un breve discurso,  el término “tara mental” para referirse, sin mala intención, estoy convencido, a alguna de las alteraciones por las que me estaba tratando, le contesté que yo consideraba una tara como algo hereditario o, cuando menos, algo irreversible y que, comúnmente mi razón lo asociaba a un término peyorativo y, a todas luces,  inapropiado. Ella me mostró sus disculpas e insistió en que quería referirse al posible gap emocional, posiblemente  aún no superado, que supondría la marcha de mi casa el verano pasado.

Con unos no demasiados buenos modales que intenté disfrazar, me quité la bata blanca, me levanté del diván y me despedí de la doctora proponiéndole una suerte de encuesta a mis más allegados para, en lugar de elucubrar, decidir si, en efecto, ellos consideraban la existencia  –lo pronuncié con sorna- de esa “tara mental” de la que hablaba. Me miró directamente a los ojos, seria, y reiteró sus disculpas mientras anotaba una nueva cita en su dietario. Como de costumbre, crucé delante de ella el pasillo hasta la puerta de salida, me extendió la mano,  me abrió la puerta y se despidió hasta el próximo día deseándome una buena mañana. Mientras esperaba a que el ascensor subiera al séptimo piso, no pude reprimir las lágrimas y sincronicé mi llanto para que durara lo justo hasta llegar al portal, donde el portero ojeaba sobres cerrados desde su garita.

En la calle, la temperatura era agradable, el sol lucía, y el agua de la fuente de los leones de la Plaza Jado, manaba con ímpetu. Sonreí un momento por lo ocurrido y, como era hora de tomar el antibiótico, entré en un bar y pedí un café solo con hielos, servido en vaso grande. Mientras hojeaba el periódico sin leer nada, mi cabeza se liberaba en cierta forma al pensar que anularía esa próxima cita y que Septiembre sería un buen mes para buscar un nuevo terapeuta a quien no le hiciera estornudar mi perfume ni le molestara el “cla-cla” de mis pulseras.



Texto e imagen: Javier Ubieta













2 comentarios:

  1. Como te echaba de menos!!! Cuanto me apetece que ese G.F. me pique en la nariz y que tus cla-clas me suenen a gloria.Gracias
    R. T.

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    1. Gracias, precioso. Eres el encanto de todos los encantos. Te quiero.

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