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martes, 26 de agosto de 2014

Swastika Eyes [II]

 
 
 
 

La inocente osadía con la que Javier atraviesa la puerta del hotel, resuelve de inmediato mis dudas. En cuanto extiendo la copa para brindar, sé que no teñiré su muerte de sangre. Su camisa es demasiado blanca y mis ganas de empuñar un cuchillo, muy débiles. No me gusta que me diga que la suite es acogedora, ni que celebra estar a solas conmigo para poder charlar antes de salir, ni mucho menos que mis zapatos trenzados y mi camisa son “bonitos”.  Sus palabras se muestran zafias de puro pueriles. Sí es cierto que yo no esperaba un discurso que me epatara, pero hubiera agradecido un plus de elegante y adulta cortesanía después de un año sin vernos. Y, desde luego, mis zapatos trenzados no son solo bonitos, ni la suite únicamente acogedora, pero él desconoce que el tapiz que adorna la entrada es una flamante pieza flamenca de principios del siglo XVI exquisitamente restaurada. Y ese desconocimiento de las cosas me pone de mal, muy mal humor. Le pregunto con voz átona si quiere salir a la terraza a tomar el aire. En ese momento, él, sin saberlo, ya ha ingerido un par de potentes sedantes que yo he vertido en su champán. Nos apoyamos en la baranda, nos miramos y le propongo brindar de nuevo. Entonces, hago mi copa chocar tan fuerte con la suya, que ambas se hacen añicos y uno de los diminutos trozos de cristal se incrusta en la parte alta de su pómulo derecho, justo al lado del ojo. Entonces, me acerco con cuidado, retiro la viruta, le lamo la sangre con asco y deseo al tiempo y le pregunto si sabe que en esa zona del rostro la sangre es siempre más pegajosa. Paso la lengua lamiéndole la mejilla y luego relamiéndome yo los labios, tiñendo de rojo parte de una cara que ya no quiero ver y, con la misma decisión con la que había optado por guardar el machete, empujo su cuerpo de espaldas al vacío, mientras sus ojos ebrios miran la nada que tiene enfrente: yo. Sin pensar, cierro los cristales del balcón, me desnudo y hago sonar en el equipo de música “Broken chords can sing a little”, de  The Silver Mt. Zion, a modo de rezo. Y me voy a dormir.


Texto e imagen: Javier Ubieta

 
 
 

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