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lunes, 25 de agosto de 2014

Swastika Eyes

 
 
 
 
 
Mientras vuelvo al hotel aquella tarde, se me ocurre una explicación lógica de por qué quiero matar a Javier y me siento inmensamente aliviado. No quiero indagar en la envergadura de las razones que componen esa explicación, ni siquiera en si esas razones se fundamentan en hipótesis dudosas que tal vez he ido construyendo con el tiempo. Da lo mismo. Al llegar a la recepción, pido que me avisen por teléfono cuando Javier pregunte por mí. Yo quería haber quedado para cenar pero me contó que estaba fatigado a causa de una reunión y que prefería darse una ducha, tomar algo ligero y venir directamente al hotel para ir juntos a “The Paradise”. Mientras elijo la ropa que ponerme, apuro una botella de Ruinart junto con dos ansiolíticos. La habitación está casi en penumbra y las sombras que proyectan los focos repartidos por el pasillo, hacen que me asalte un repentino miedo. Trato de distraerme tarareando alguna de las canciones del hilo musical. Con la camisa a medio abotonar, corro los cristales del balcón. La temperatura es espléndida para ser una noche de finales de Marzo. Pienso, de pronto, en los buenos momentos que hemos vivido juntos y recuerdo el terrible episodio de su accidente de coche en Mónaco en el que casi pierde la vida. De pronto suena el teléfono. Me avisan de que es él. Mi corazón late con fuerza.  Pido que suba. Cuando llama a la puerta, el Remix de David Holmes del tema Swastika Eyes, de los Primal Scream, suena a todo volumen. Antes de abrir, me quedo como pegado a la puerta, puedo oler su colonia, miro a través de la mirilla y pienso en las veces que hemos bailado juntos esta canción. Desde dentro, digo en voz alta que espere un momento mientras descorcho otra botella de Ruinart, sirvo dos copas bien llenas y guardo el machete porque considero que matarle ahora sería como arruinar una noche que preveo fulgurante.


Texto e imagen: Javier Ubieta


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