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domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuando hubo calmado la tormenta

 
 
 
 

Aunque pasé no sé cuánto tiempo mirando a través del ventanal las nubes del horizonte y los irregulares trozos de cielo de tonos cálidos con los que el sol había teñido la tormenta, no conseguí zafar la debilidad que traía consigo el temor a que anocheciera de nuevo. La habitación del ático del hotel era el refugio perfecto para ensoñar pero, desde hacía días, mi cabeza solo daba cobijo a pesadillas cruentas con un reiterado final, mi muerte. Salí a la terraza, hacía frío. El viento del norte, sin embargo, no soplaba con demasiado ímpetu, fingía pasar inadvertido, pero cortaba como navajas y traía consigo los demonios que se ocultaban dentro de aquella mancha naranja, deforme como un monstruo silenciosamente violento. Ofuscado por el miedo, me desnudé y posé los pies en los pequeños charcos de agua de lluvia. E imaginando que los monstruos acabarían por engullirme, cerré los ojos, intenté recordar el aroma de los lirios de la habitación, el sonido de la lluvia contra los cristales, mi juventud, y la incapacidad de poder resistir otra noche más aquella tortura que se acercaba irremediablemente, sin pausa. Y, sin dudarlo, me lancé al vacío.


Texto e imagen: Javier Ubieta.

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. He esbozado una sonrisa con tu final...
      Precioso tú. Gracias, amor.

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  2. He sentido el frío cuarteando la piel de mi rostro... Vértigo.

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